Cataluña bananera

La Razón
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Hace unos días, Artur Mas prestaba declaración ante un juez designado a instancia de su propio partido. La escena, digna de una dictadura caribeña, había sido precedida por una manifestación de fuerza en la calle en la que los alcaldes de Convergència alzando el bastón por alto me recordaron a los «tontons macouttes» del haitiano Papa Doc Duvalier o a la partida de la porra de Ducazcal. Quizá no pueda esperarse algo diferente tras entregar la Administración de Justicia a las CCAA, pero el panorama desplegado apesta. Por si fuera poco lamentable, los medios de comunicación se inclinaron en los días siguientes ante Mas como sumisos megáfonos. Fue entonces cuando, de repente y en apretada sucesión, se me fueron agolpando los recuerdos de aquel colectivo de periodistas que decretó el «apagón informativo» cuando el Carmelo se hundió –¡los que tienen que informar decretando que no se informe! – o aquellos periódicos, radios y televisiones que, con una docilidad que no tenía nada que envidiar a la de la época de Franco, decidieron respaldar gregariamente el inconstitucional Estatuto catalán. El hermoso paisaje de Cataluña no tiene nada de caribeño si se exceptúa a algún dominicano que haya recalado por aquellas tierras en busca de trabajo, pero –y lo digo con profundo dolor – ha descendido política y socialmente a un nivel inferior al de una república bananera. La justicia la aplican jueces designados por los presuntos culpables; los medios están en manos de gente que calla información vital y/o sirve de felpudo al poder nacionalista ganándose las carcajadas o el desprecio fuera de la región; la educación se ha convertido en un instrumento de adoctrinamiento paleto que parece obedecer al lema de «asnos, pero nacionalistas»; los dirigentes políticos se llevan el dinero al banco más cercano del exterior; los grandes negocios se realizan más por la cercanía del poder que por la bondad de lo producido... Sin duda, para los beneficiarios de esa situación –que no son pocos– se trata del mejor de los mundos aunque sólo sea porque pasar de pésimo gestor de empresas a posible primer presidente de una nación artificial no es poco o porque se ha cobrado el uno por ciento de manera impune durante décadas sin saber «qué coño es eso de la UDEF». Con todo, el resultado es para romper a llorar pensando en los inocentes. Porque todo esto sucede cuando todavía Cataluña forma parte de España. Una Cataluña independiente convertiría por comparación en un auténtico paraíso terrenal a la mismísima Venezuela chavista.