Cirujano armado

La Razón
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Ben Carson ha superado a Donald Trump en las encuestas igual que el otoño jubila el despendole veraniego. De celebrarse hoy las elecciones Carson contaría con el apoyo de un 26% de los electores republicanos, frente al 22% que prefiere a Trump. A una temporada con tangas y a lo loco le sucede la parla low energy del neurocirujano. Ambos aspiran a suceder a Obama, al que consideran, respectivamente, un flojo y un canalla. Comparten su condición de intrusos, no ya en el partido republicano sino en la política, pero vivimos tiempos de maravillas, proclives a entronizar salvapatrias. Alienígenas para el «establishment», Trump ha hecho de la gresca un estilo de vida y llama imbéciles a sus adversarios. Promete manejar la Casa Blanca como quien ordena la escaleta de un concurso. Carson, en cambio, se comporta como el William Will Munny de «Sin perdón». Para liquidar el statu quo le basta con su Colt 45 y, sobre todo, con la invocación de su trayectoria. Sabe que los políticos, desprestigiados desde los días del Senado romano, o antes, no pueden competir con la épica de su currículum hospitalario. El secreto consiste en meterse en política tapándose la nariz, aunque está por llegar el día en que alguien le pregunte a uno de estos «outsiders» por qué demonios quieren hacer carrera en aquello que tanto odian. Imagino que Carson respondería que el amor que siente por EE UU empuja su nave. De momento, en un brote de humildad, ya insinúa que Dios está de su parte. Entre bostezo y bostezo, con su aire a lo Denzel Washington con veinte años/kilos de más y ciego de opiáceos, hace buena la sentencia de Jünger respecto a la adormidera, «símbolo del sueño y del olvido, y con la propiedad de estirar el tiempo casi hasta el infinito». Su secreto consiste en tocar la siringa o flauta de Pan y, justo cuando la audiencia duerme y roncan sus adversarios, disparar una frase untada en nitroglicerina, directa al corazón de los sondeos. En apenas tres meses ha encontrado tiempo para teorizar sobre el nazismo (la población, desarmada, no pudo defenderse), comparar a Obama con un psicópata y su reforma sanitaria como algo propio de un Estado totalitario, establecer un paralelismo entre la esclavitud y el aborto y, más madera, sugerir la posibilidad de planchar la frontera con México a base de misiles guiados por láser. Mi favorita, empero, la pronunció en la reunión del Comité Nacional Republicano: «Los principios que guían al Estado Islámico son erróneos, pero sus miembros están dispuestos a morir por aquello en lo que creen, mientras que nosotros hemos descartado todas nuestras creencias y valores por culpa de la corrección política». A continuación, dijo que la Prensa malinterpretaría sus palabras. ¿Malinterpretar? Lo veo difícil. Carson admira la condición fanática que anima a los hijos de la yihad. No sus acciones, que aborrece, pero sí su determinación de hombres dispuestos a morir por sus mitos y convicciones. Estos chicos, oiga, son unos asesinos, ¡pero con causa! Como si a estas alturas desconociéramos que el idealismo engendra monstruos y que no hay peor criminal que el partidario de la inmolación, propia o ajena.