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El amor se rompe

El amor se rompe, como dice el titular de este artículo. Y la pasión también, incluso antes. Este es lo que le ha debido pasar a una pareja muy conocida en la actualidad. Ella, cabecera de cartel en ese difícil oficio de no hacer nada y vivir como una zarina a base de salir –previo pago, por supuesto– en programas televisivos y en exclusivas de prensa contando su historia. A pesar de llamarse Isabel no es la toma de Granada lo que cuenta, más bien historias más cotidianas, todas ellas adobadas con morbo y un puñadito de sexo.

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Me refiero a Isa Pantoja, infanta de Cantora. Ella, a pesar de su juventud, ya se ha montado una especie de ballet de jóvenes muchachos que le han ido acompañando de uno en uno –siempre hay lenguas afiladas como cuchillas que aseguran que incluso de dos en dos–, claro que la soledad es tan triste y cruel compañera... Porque ella nada más cumplir la mayoría de edad abandonó el reino de su madre Isabel, reina de Cantora y otros enrejados y reinona de la copla. Comprometida con un galán de nombre Alberto que de tanto quererse ya habían hecho un encargo a las cigüeñas. Eso sí, del Coto de Doñana, que es más bello y salvaje y además les pillaba más cerca, ya que la pareja fijó residencia en Sanlúcar de Barrameda. Después del nacimiento de Albertito, fruto del amor, éste empezó a resquebrajarse hasta que terminó de forma brusca. En ese breve tiempo las apariciones en los medios, solos o en compañía, fueron abundantes. Así, apareció en el primer plano de la historia un amigo de ambos, Alejandro, que no es el Magno, pero que está apañadito y de la amistad se pasó a los tocamientos y de ahí al amor. Eso sí, este amor era como el título de una comedia del gran Jardiel Poncela, «un amor con freno y marcha atrás», porque con frecuencia daban la unión por terminada. Esta historia me está creciendo a medida que la cuento, así que voy a tomar la vieja fórmula de emplazarles al segundo capítulo de «El amor se rompe».