El doble filo de la Justicia

La alarma social, el clamor mediático y la movilización popular han dado sus frutos para Emilia Soria, una madre que debía entrar en la cárcel en el plazo de diez días por gastarse 193 euros en pañales y comida para sus hijas con una tarjeta de crédito que se encontró en la calle. El acoso al que por este asunto ha estado sometido el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, ha provocado la concesión de indulto por el Consejo de Ministros.

El caso presentaba dos claras incongruencias por más acorde con la Ley que estuviera: la desproporción entre delito y pena y la obligatoriedad de ingresar en prisión a pesar de que el fallo judicial se estipulaba en un año y diez meses, cuando lo normal para estar entre rejas son dos años. Finalmente, lo que muchos entendíamos como coherencia y racionalidad se han impuesto, aunque los reflejos del ministro Gallardón no han sido tan finos como para el conductor kamikaze. Me niego a admitir que haya un atisbo de verdad en aquella frase de «donde hay Justicia, es un peligro tener razón».

Y ése es el otro grano para el escándalo. A la vez que se requería el ingreso carcelario, por una estafa de 193 euros ¡con la que esta cayendo en esta España de nuestros pecados! para la madre de tres niñas que la necesitan, el Gobierno aceptaba el indulto propuesto por el ministro de referencia ¿cuál será su verdadera personalidad política? para un delincuente de la carretera que provocó la muerte de un joven tras cubrir sólo diez meses de cárcel de los 13 años de sentencia. Gallardón ha demostrado ser un excelente discípulo de Unamuno, quien defendía «la última y definitiva justicia es el perdón».

Solventado el de Emilia Soria, no demos por cerrado el del conductor, para el que están tardando en anular la medida de gracia concedida con sorprendente y excesiva magnanimidad. Y también sorpresa después de oír la increíble justificación de Gallardón a la vista de las relaciones familiares y el bufete encargado de la defensa del acusado «desconocía que mi hijo trabajaba en el despacho que defendió al perdonado». Claro, lo habitual es que los padres no sepamos dónde laboran nuestros vástagos. Así es la vida.