El espejo

La Razón
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No dimos una. Cuando Trump insultó a John McCain, héroe de guerra, pronosticamos su decadencia. Igual que cuando hizo mofa de un discapacitado, proclamó que le votarían incluso aunque disparase contra los peatones de la Quinta Avenida, tachó de violadores y narcos a los mexicanos, escupió sobre los padres de un oficial muerto en la guerra de Irak y animó a los servicios secretos rusos a hackear los servidores de Hillary Clinton. ¿Cómo es posible que semejante cateto ganara las elecciones? ¿Qué se hizo de los controles de calidad y las blindadas tradiciones democráticas y el rey Don Juan y los infantes de Aragón y blablablá? Más importante todavía, ¿cómo es posible que el periodismo no supiera leer los anuncios del tsunami? Fácil. Sobrevaloramos a los electores. Juzgamos imposible que la gente votara a un patán capaz de pisotear a un tiempo la Constitución y el Ejército, a la mitad del electorado y a sus rivales, de insinuar que el padre de Ted Cruz participó en el magnicidio de Kennedy y de alardear de su comportamiento jabalí con las mujeres. Error. El buen pueblo consideró que todo aquello eran frivolidades. Peor aún. Gracias a Trump, a la indescriptible bajura de sus razonamientos, su comportamiento soez y su incapacidad para enhebrar una subordinada, la gente creyó legitimada su propia burricie. Su fervor populista. Su infantilismo. Su xenofobia. Cuando dicen ya era hora de que llegara un «outsider» no hacen sino confirmar su descreimiento del parlamentarismo y la democracia. Cuando aplauden sus aullidos, jalean los suyos, esa amalgama de baba racista y desprecio por el pensamiento ajeno que borbotea bajo sus cráneos. Eligiendo a Donald Trump el electorado eligió la versión más depurada y audaz de sus íntimas convicciones. Que son feas, no lo duden, e insólitas en un sistema tan consolidado como el estadounidense, pero que anidan en nuestro ADN desde que el primer mono bajó de un árbol. ¿Se equivocaron? En absoluto. Acertaron al 100%. Votaron por el tipo que mejor representa su infantilismo y el auge de las redes sociales como sistema en el que hierven todos los prejuicios, la caída del periodismo y el empobrecimiento del debate público, tan bajo mínimos que nos parece normal que un presidente electo insulte a una actriz vía tuit o a un héroe de la lucha por los derechos civiles. No es que no importen los comentarios de Trump. Es que son la viga maestra de su éxito. Autodepurado de groserías, tics totalitarios y mentiras, sería un político cualquiera. Sazonado con todas las pestes mentales imaginables, resulta irresistible para esas decenas de millones que, como él, jalean el antiintelectualismo y la posverdad, adictos a las teorías conspirativas y nostálgicos de una Arcadia feliz a la que apuestan su voto. Ni la globalización, ni la desindustrialización, ni las trolas de Hillary ni leches. Más nos vale asumirlo si queremos impedir la propagación de nuevos tumores políticos y sociales. Trump es ellos y ellos son Trump. Así están las cosas.