El hastío de la «cuestión catalana»

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Carles Puigdemont, el heredero de Artur Mas y de Jordi Pujol, ha venido a Madrid a pedir apoyos a su plan independentista. Está dispuesto a negociar con el poder central la fecha del referéndum, la pregunta y las demás condiciones. Llama a eso solución política a la «cuestión catalana». En ese pretendido diálogo político hay que dejar de lado la Constitución vigente, que para los secesionistas es, desde hace tiempo, papel mojado. Frente al principio de legalidad se impone el alboroto y la apelación a la voluntad popular manipulada y presionada hasta la náusea. Por eso, según él, esto se arregla sentados en torno a una mesa y no en el banquillo de los acusados y permitiendo al pueblo su derecho a decidir. Considera contraproducente que, ante el quebranto evidente de la legalidad, intervenga la Justicia. O sea, la Cataluña de Puigdemont vive, a lo que se ve, encerrada en una cápsula antidemocrática. Porque no hay democracia sin respeto a la ley de leyes. ¿Por qué iban a acatar los disconformes las nuevas leyes catalanas derivadas de la consulta secesionista? ¿Por qué no un referendum en toda España, verdadero sujeto de la soberanía nacional, con la siguiente pregunta: «¿Desea usted que Cataluña siga siendo parte de España?». Así todos ejerceríamos nuestro derecho a decidir.

El presidente circunstancial de la Generalidad ha venido a la capital a ganarse para la causa a Podemos y sus confluencias, que habitan en un territorio fronterizo y peligroso, cercano a los soberanistas. Más que conseguir adeptos en los medios, que también, lo que buscaba es la complicidad de Iglesias, con el que tenía la principal cita y buen rollo. Ha venido a Madrid en un momento de especial debilidad institucional, con el Gobierno todavía en funciones, pendiente de una investidura cogida con alfileres, con un PSOE en crisis, intentando curarse las heridas de la batalla y con un PSC disconforme, dispuesto a romper la disciplina de voto en la prevista investidura de Rajoy. El momento no puede ser más oportunista; o sea, más favorable para enredar y sacar tajada. Y, sobre todo, para ganar puntos allí, en casa. Produce, eso sí, vergüenza ajena que Puigdemont llegue a la capital alardeando de lo bien que funcionan las cosas del Gobierno en Cataluña y lo mal que funcionan en España. Y, más aún, que el heredero de Pujol y del 3% venga a dar lecciones de limpieza ética a Rajoy y los suyos. ¡Buena manera de dialogar! No sé si habrá tenido tiempo de enterarse del hastío que produce la «cuestión catalana» entre la mayor parte de los españoles, incluidos los catalanes, obligados al silencio.