El humor de la inocencia

La Razón
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El dicho según el cual perro no come carne de perro, es decir, que la clase periodística, con fama de cainita, no tira piedras contra su propio tejado, estalló en mil pedazos de nuevo cuando supuestos compañeros de profesión se lanzaron a degüello, como si de una jauría se tratara, a enfangar la reputación del director de LA RAZÓN, Francisco Marhuenda, y del presidente de este diario, Mauricio Casals, tratando de acabar con sus carreras. Por suerte para ambos, el juez Eloy Velasco ha archivado la causa abierta. Máxime si la propia Cristina Cifuentes niega las supuestas coacciones de las que se les acusaba y que desmintieron desde un principio. Aquí podría poner el punto final a este lamentable episodio, pero hubo actitudes espurias que querían causar daños en la imagen pública de Marhuenda y Casals.

Algunos que tanto presumieron de ser la quintaesencia del periodismo se olvidaron de que ningún oficio puede practicarse dejando la ética colgada del perchero a la entrada del trabajo, y les negaron la presunción de inocencia sin tan siquiera llamarles por teléfono para pedirles su versión, además de otros derechos fundamentales, como el honor. ¿En qué momento algunos «ilustres» compañeros olvidaron que también ellos han sufrido en sus propias carnes las venganzas de las cloacas del Poder para exterminarlos civil y profesionalmente y se lanzaron por la peligrosa pendiente de los juicios paralelos atestados de presunciones? En nuestro universo mediático los hay atiborrados de maquinaciones, irresponsables embarcados en una suerte de «posverdad» dispuestos a llevarse por delante a nombres cargados de experiencia y prestigio. El periodismo se mancilla si, más allá de informar, se erige en primera instancia de la Justicia. Dos inocentes han sufrido, una vez más, la pena de telediario. ¿Quién les compensa ahora? Algunos deberían, al menos, haber levantado raudos el teléfono para pedirles perdón. Porque lo de rectificar en sus medios es harina de otro costal, ¿verdad?