El loro

La Razón
La RazónLa Razón

Yo,que como saben soy medio tonta, tengo la mejor de las opiniones sobre los animales. Me parece gente, para empezar, y por lo general, bastante educada y cabal, que da sentido a cada una de sus acciones. Casi todos ellos, excepto los que se arrastran, me resultan más guapos que mi familia, y los que reptan lo hacen con más dignidad que algunos seres humanos felpudo. Hay animales que no se acostumbran a su hábitat y a su estado natural, fíjense. Véase algún caniche bravísimo, algún delfín con ganas de atizarle un bocado a esos que cruzan estrechos, océanos o lagos a la brava. Sobre éstos últimos me dicen que cada vez hay más, lo que seguramente habrá que atribuir al calentamiento global o a un acceso de cordura de éstos mamíferos. Son esos tipos como Babe, el cerdito valiente, un pastor porcino educadísimo alineando ovejas, como esas ovejas que le demuestran al gorrino de que de Vd se convence a cualquiera de cualquier cosa. A lo que voy y a lo que me interesa: mi admiración absoluta por los animales. Y más concretamente a un loro. Hay un loro que se llama Frankje y que como todos los loros es listísimo. Y graciosísimo. Hasta ahí no descubro nada de los loros. Pero es que este loro es o era un amante del ciclismo. Y era amigo de Michele Scarponi, el ciclista recientemente fallecido en un desafortunado accidente que nunca tuvo que suceder. Han pasado algunos días y Frankje sigue esperando en el mismo punto donde se encontraban para acompañarse a entrenar a Scarponi. Sigue aguardando la presencia de su amigo, cada día, a la misma hora. Scarponi ni siquiera era su dueño, pero esa fidelidad es enternecedora. Disfrutaba volando mientras su colega subía puertos, consumía kilómetros y se dejaba abanicar por el viento. Lo hacía libremente, sin obligación pero con ganas. Ese loro demuestra que los animales nos enseñan a cada paso que no les entendemos del todo y que son capaces de empatizar con los racionales mucho mejor de lo que lo hacemos los racionales entre nosotros.