El problema nacionalista

La Razón
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España es una comunidad de gente que ha corrido la misma aventura durante muchos siglos. Demostramos que lo mejor sale de unir lo diverso en un gran propósito. Nuestra aventura juntos, con los errores de toda obra humana, cambió el mundo para bien. Cuando en el siglo XVIII perdimos la confianza en nuestra palabra y las ganas de decírsela al mundo empezamos a pelearnos entre nosotros, empujados por las nacientes ideologías inventadas, como decía D’Ors, por aburridos «segundones envidiosos del heredero».

El nacionalismo, una ideología de resentimiento, fue responsable de las dos guerras que devastaron Europa y atizó los enfrentamientos españoles. No arraigó el nacionalismo en España, salvo en las regiones que más tiempo lucharon contra las ideologías modernas, donde algunos ideólogos lo utilizaron como herramienta para canalizar sus complejos y comprender los cambios de la modernidad. Tuvieron éxito, y hoy la política española todavía está encerrada en los conceptos urdidos por el nacionalismo para conseguir sus objetivos. No hay un «problema catalán», sino un «problema nacionalista». La discusión no es entre «centralismo» y «descentralización», sino asignar las competencias de las administraciones según su capacidad racional para cumplirlas mejor, según el principio de subsidiariedad. No hay un problema con el catalán, lengua española, ni con el castellano, acogido desde siglos por los catalanes como lengua propia; hay un problema de derechos humanos y de libertad ciudadana. No hay «España» y «Cataluña», sino Cataluña y resto de España. No hay «unionistas» porque no hay nada que unir, sino un pequeño grupo de catalanes ideologizados que utilizan el populismo surgido de la crisis de 2008 para avanzar su agenda ideológica. No hay que «encajar Cataluña»; hay que superar el nacionalismo en el Estado de Derecho. España no es Madrid, ni Cataluña es Barcelona. Es importante que el nuevo gobierno español entienda lo que planteaba Valentí Almirall en el congreso catalanista de 1880: «El catalanismo, para nosotros, significa ser muy españoles pero no castellanos, por cuanto éstos solos no forman la nación. España es un conjunto de grandes regiones con condiciones distintas y su grandeza depende del desarrollo de la vida, del modo de ser y de las tendencias de cada una de ellas». Superar el nacionalismo debe ser la principal tarea del nuevo gobierno español; su acción no puede basarse exclusivamente en pactos fiscales ni en acciones judiciales; debe romper el terreno de juego conceptual del nacionalismo y destinar generosos recursos a explicar la bondad de la convivencia y de nuestra historia en común. Hay que finiquitar el chantaje separatista a cambio de una inquietante estabilidad política en la villa y corte. El nacionalismo sigue con su programa completo de invención nacional y reprogramación ciudadana, con más recursos que nunca. Se dispone a introducirnos en una fase golpista y de grave peligro de enfrentamiento civil. Ahora o nunca, señores diputados.