El sonrisitas

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El humor y la capacidad de reír y sonreír nos diferencia del resto de los animales. Con el permiso de los de PACMA, el jabalí, el venado, el lobo y el oso, por muy dignos y respetables que sean, carecen de sentido del humor. Añado a los cuatro anteriormente citados al lince y al toro bravo. Hubo un tiempo en el que los presumibles y pedantes intelectuales comunistas no sonreían para no ofrecer una imagen de frivolidad. Pero como en todo, los extremos son repudiables. Un ser humano que no abandona su sonrisa en todo el día es también detestable, porque parece tonto. La sonrisa permanente abre sospechas de falsedad o de majadería.

Se admite la carcajada espontánea, que no debe ser excesiva ni duradera, pero no la sonrisa disecada las veinticuatro horas del día. El duque de Sheldon-Wimbledon, jefe de protocolo del Rey Eduardo VIII de Inglaterra, prohibió la carcajada en las estancias reales a cuantos colaboradores y servidores del Rey mostraban un amplio sector de encías al reír. Fue lamentablemente despedida la peinadora de perros del Palacio de Buckingham, miss Anne Smith, un día en el que Su Majestad, ya desayunado y de buen humor, le agradeció lo bien peinados que estaban sus siete perros, y ella, desencajada por la ilusión, sonrío y le exhibió las encías. Reír mucho es de tontos, porque no hay motivo para ello. Me apresuro a repetir que la carcajada ante una situación imprevista o un golpe de humor inesperado, es correcta y recomendable, incluso si, como consecuencia de su intensidad produce un ahogo que desemboca en el óbito. Ni con cosquillas en la planta de los pies revelaré su identidad, pero el titular de una histórica Grandeza de España, falleció en el hospital en el que se recuperaba de una sencilla intervención de apendicectomía cuando leía un tebeo de Mortadelo y Filemón. Fue una muerte digna y muy celebrada por sus herederos.

El vicepresidente de un club cultural de importante capital de provincias, fue expulsado de la relación social, cuando organizó para los socios una paella con motivo del fin de curso. El presidente se interesó por el plato elegido, y el expulsado le respondió: «Habrá pa...ella y para todos los demás». Dicho esto, carcajeó con su propia gracia y fue invitado a abandonar inmediatamente el cuerpo social. Hay cosas que no se pueden tolerar, como el chiste de la paella o conducir un «seiscientos» y llamarlo «mi Ferrari».

Tan extenso preámbulo a cuento viene para formular al aire una pregunta que precisa de inmediata respuesta. ¿De qué se ríe el presidente de la Comunidad de Valencia, Ximo Puig? ¿Ríe cuando duerme? ¿Se ríe de los valencianos, o de los castellonenses y alicantinos? No he visto jamás documento gráfico de tan distinguida personalidad levantina en el que aparezca serio. Puig, que hace todo lo que le ordena una mujer llamada Mónica Oltra, ríe en todo lugar y no siempre con causa que apoye su sonrisa. Sonríe como si estuvieran imponiendo durante todas las horas de todos los días del año la banda de Fallera Mayor a su hija, en el que caso de que la tenga. Mónica Oltra no es graciosa ni divertida. Entre Mónica Oltra y el sentido del humor se establece una distancia aún más acusada que la que separa a Churchill de Pedro Sánchez. Pero a Puig le hace gracia. Mónica Oltra tiene el mismo gracejo que Pablo Iglesias y Echenique, pero éstos, de cuando en cuando, se ponen serios cuando analizan los resultados electorales. Lo de éstos va más por las miradas de amor que por las sonrisas perennes. Puig carece de mirada de amor. No hay intensidad de amor en su mirada. Pasea Puig por la calle, mira a un niño, y el niño se somete al sollozo y la congoja. Pero ríe. Ve al niño llorar, y ríe; ve al niño correr, y ríe. Ve al niño cruzar alocadamente la calzada y provocar el trompazo de un ciclista, y sigue riendo. La mujer de Puig tiene que estar hartita.

Soy un defensor a ultranza de la sonrisa, que es la versión más educada del sentido del humor. Y de la carcajada que no exceda de los tres segundos. Y estoy de acuerdo, aunque lo reconozca con excesiva tardanza, con la teoría y práctica del duque de Sheldon-Wimbledon en lo que respecta a las encías. Pero mi defensa de la sonrisa no coincide con la aceptación de la sonrisa permanente. Recuerden a Zapatero. Zapatero rió sin descanso mientras destrozaba España. Las competencias de Ximo Puig son más reducidas, pero esa sonrisa que no descansa puede tener su origen en su capacidad ilimitada para destrozar, siempre a las órdenes de Mónica Oltra, la Comunidad Valenciana, el histórico Reino de Valencia.

Tiempo al tiempo.