El test del pato

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En el conflicto catalán hay dos posibles perspectivas, la que hemos visto los españoles cuando los independentistas, inmersos en problemas judiciales por la corrupción y desgastados en el gobierno autonómico por la crisis económica, vieron como única salida para su supervivencia señalar a España como responsable de todos sus males y la solución, la independencia.

Pero hay otra versión de lo que ha sucedido y es la que ha calado en el resto del mundo. Ésta consiste en que los catalanes son víctimas de un Estado opresor, poco respetuoso con los Derechos Humanos, que les prohíbe votar y que mete en la cárcel a las personas por sus ideas políticas.

El Estado de Derecho está ganando la partida en España, pero los líderes independentistas han sabido internacionalizar el conflicto y han logrado que su relato del conflicto cale en la sociedad internacional. Uno de los grandes errores del gobierno del Sr. Rajoy y de las fuerzas constitucionalistas fue no prestar ninguna atención a esta cuestión.

Hace unos días he tenido la oportunidad de ver a unos amigos que viven, desde hace una década, en EE UU y me ha sorprendido la descripción de cómo el relato independentista ha calado en sociedades como la norteamericana.

Algo así no se consigue por azar ni con un par de discursos en foros internacionales, sino que responde a toda una planificación coordinada. El gran éxito del Sr. Puigdemont ha sido erosionar al Estado español fuera de nuestras fronteras, aprovechando cualquier oportunidad.

El incidente que protagonizó el Sr. Torra hace unos días va en esa dirección. El discurso provocador e insultante del presidente de la Generalitat solo tenía como objetivo alimentar la polémica y avivar la actualidad de un conflicto que se agota por cansancio. Los nacionalismos se nutren de la polémica y de la confrontación, la necesitan para sobrevivir.

La obligación de cualquier embajador, como representante de España, es defender al Estado de ataques e insultos, provengan de donde provengan. El Sr. Torra sabía bien cuál debía ser la reacción del diplomático a su provocación y también que las palabras del Sr. Morenés serían interpretadas en su condición de ex ministro del gobierno del Partido Popular y no como las del embajador en Washington.

Solo así se explica que una reunión a puerta cerrada convocada por un asunto cultural y no político, termine con el desplante de la delegación de la Generalitat.

Sin embargo, se ha vuelto a evidenciar que la estrategia del separatismo no es otra que ganar tiempo, dividir a los defensores de la Constitución y dañar en todos sus flancos al país.

El Gobierno debería hacer un esfuerzo cambiando el relato que se ha creado internacionalmente en torno a Cataluña, en ese sentido, ayuda lanzar el mensaje de que intenta relajar la tensión con la Generalitat. Sin embargo, se equivocaría si cayese en alguna de las múltiples trampas que los independentistas van a poner.

La contundencia de la respuesta del Sr. Borrell es la que debe tener un gobierno sólido, cualquier matización o falta de respaldo expreso al embajador hubiese sido interpretado como que las palabras del Sr. Torra sobre la existencia de presos políticos albergaban veracidad.

Por otra parte, el Gobierno también debe ser consciente de que no hay ninguna buena voluntad en el independentismo, basta con hacer el test del pato, ya saben: «Si parece un pato, nada como un pato y grazna como un pato, entonces probablemente sea un pato».

La lealtad, si no es mutua, se convierte en sometimiento, que en definitiva es lo que quieren los separatistas, el sometimiento de la mayoría a su pretensión.