Elogio de Zidane

La Razón
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Abierta la veda contra él por un resultado adverso, y demostrado que la memoria es más frágil que la musculatura de Bale y más selectiva que el fresador de pollos, no está demás recordar algunas virtudes de Zidane, un caballero que no es ajeno a los tantarantanes del fútbol. Conoce tan bien el terreno que pisa que no se atreve a asegurar su continuidad en el Madrid la próxima temporada que, como la siguiente, tiene sellada en su contrato. No es exclusivamente suya la opinión de que en el fútbol los compromisos son papel mojado.

Firmó la Undécima, ganó el Mundial de Clubes y la Supercopa de Europa, tres trofeos en menos de dos años; tiene clasificado al equipo para semifinales de la Champions y es colíder de la Liga con un partido menos. Son méritos a los que cabe añadir que los ha obtenido con alineaciones encorsetadas por el basto imperio de la BBC.

Eliminado de la Copa sin que mediara un «alcorconazo» –fútbol es fútbol, amigo–, se enfrenta a la crítica a pecho descubierto, consciente de lo que se le viene encima si no es campeón de las dos competiciones que disputa.

Es Zizou, no Islero, aquel miura de 495 kilos que mató a Manolete, pero a causa de esos traspiés intrínsecos del fútbol, como la última derrota ante el Barcelona, atribuyen a sus éxitos el injusto carácter de lo efímero, como si fueran episódicos, transitorios, un sin querer, casuales, como se pretendió con Del Bosque. En año y medio ha sacado más brillo al palmarés del club que Mourinho en mucho más tiempo. Pero es educado, sigue al pie de la letra los preceptos de la buena conducta madridista y, sin embargo, le acosan. Si acierta es por casualidad y si yerra es por su falta de conocimientos. Como si ganar la Undécima fuera una conquista menor. Sabe donde está, lo que se juega y que alguna vez se ha equivocado. Como todos.