En los 120 años del Orfeón Donostiarra

La Razón
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No es nada fácil que un coro de aficionados perviva a lo largo de los años, ni tampoco que logre ofrecer muestras de su arte en las grandes ciudades europeas bajo las más célebres batutas, pero esto justo es lo que ha logrado el Orfeón Donostiarra, que el próximo día 21 cumplirá 120 años de vida. Su filosofía ha sido desde su nacimiento mantenerse como una formación «amateur», unidas por una vocación y un común amor al arte. Es dificilísimo encontrar un coro de estas características que haya llegado a una profesionalidad tan plena y a un éxito tan absoluto. Ha acompañado a las mejores formaciones y los maestros más exigentes han pedido siempre repetir. Claudio Abbado, Simon Rattle, Riccardo Muti o Daniel Barenboim han estado a su frente. Quizá un día podamos leer sus memorias del trabajo con estos grandes nombres de la batuta. Corría junio de 1896 cuando una veintena de coristas se subieron a un tren en San Sebastián y más tarde en una diligencia para ofrecer un concierto en Mondragón. Supuso el origen del Orfeón Donostiarra. A lo largo de estos ciento veinte años han pasado por el coro más de 2.000 voces, aunque su plantilla habitual no alcance las 200. El compromiso y la perseverancia son bazas fundamentales en una filosofía que busca la excelencia y la internacionalización, como lo ha sido también huir de tentaciones políticas. Es curiosa también la fidelidad a sus batutas, pues sólo ha habido cinco titulares en su podio, Norberto Luzuriaga, su fundador en 1897 junto con Miguel Oñate y Antonio Arzac, Secundino Esnaola, Juan Gorostidi, el malogrado Antxon Ayestarán y José Antonio Sainz Alfaro, su maestro desde ya un lejano 1987. Clave en el éxito es precisamente el trabajo largo y continuado con un mismo director, aportando estabilidad a un coro en el que sus miembros, por no ser profesionales, pueden tener cierta rotación. Sólo así puede mantenerse. Una base importante es la forma en la que se educan sus componentes, desde niños a través del Orfeoi Txiki y mediante su trabajo en los coros escolares y escolanías. Hay que reseñar también su ayuda a proyectos humanitarios o las actividades en su sede, en la que se van acumulando legados importantes como el del compañero crítico Arturo Reverter. El Orfeón terminó el año 2016 con el «Requiem alemán», de Brahms, con la orquesta del Capitol de Toulouse y empezó 2017 colaborando con los niños paraguayos de barrios marginales de la orquesta de Instrumentos de Cateura. En Madrid seguimos echando de menos sus históricas «Pasiones» bachianas.