Enhorabuena, pistolero

Sí. No es menester que aparezcan los puristas de turno o los batasunos del momento con la cantinela recurrente o el viejo aforismo de que más vale un culpable en la calle que un inocente entre barrotes. Porque a lo mejor hasta podemos estar de acuerdo. Pero cuesta creer que las pruebas acumuladas contra este terrorista sean insuficientes y magras y vaporosas como para no encarcelarlo.

Es triste. Y hay aquí un punto de desistimiento de la justicia, o de incapacidad. Porque insuficientes y magras y vaporosas han sido las explicaciones dadas por este terrorista que le han valido para presentarse ante la opinión pública como un ciudadano más o menos normal, incluso como un tipo contra el que los tribunales se han lanzado sin fundamento. ¡Qué barbaridad! ¡Qué falacia! ¡Qué irónico exceso!

Es doloroso. Porque hablamos de un asesinato que tuvo un brutal impacto en la sociedad por sus implicaciones políticas, partidistas y electorales. Porque España entera –salvo los amiguetes de este terrorista– quedó conmocionada, asqueada, al borde de la nausea. Y ahora, ¿qué? ¿Qué les decimos a las víctimas de ETA?

Les podemos decir que los pistoleros se nos escapan vivos, o que no siempre se puede llegar al esclarecimiento de los crímenes, o que la Audiencia Nacional también fracasa en la persecución de los delitos más horribles, o que por potente y eficaz que sea la acción de la Policía Nacional y la Guardia Civil puede ser en ocasiones una acción coja, manca, tuerta.

En realidad nada les va a valer. Porque tras decisiones como esta que nos llenan de congoja y hacen difícil el camino para la esperanza, emerge una conclusión descorazonadora. Un miserable pistolero no está en el lugar que la democracia reserva a estos indeseables.