«Estadistas» de «gua gua»

La Razón
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A Pablo Iglesias siempre le agradó eso de darle un barniz televisivo y cinematográfico a sus golpes de efecto. Su interesada mitomanía con «Juego de tronos» le vino que ni pintada para regalarle el pack completo de la serie al Rey en los tiempos en los que aún sacaba conejos de la chistera, mucho antes de brindarnos en época más reciente patéticas apariciones como el susurro a un tronco de madera recuperando a Twin Peaks en la previa de «Vistalegre II». Tal vez aburrido del patio de recreo en que su grupo político estaba convirtiendo el Parlamento en las últimas fechas, –un circo inundado de payasos que diría la presidenta del Congreso, Ana Pastor– lo que ahora pedía el cuerpo era ni más ni menos que sorprender con una especie de remedo de algún clásico del cine salpimentado con los imprescindibles ingredientes fiscalizadores. Pablo e Irene, Irene y Pablo se echaban a las calles en su particular ruta «turística» como Gregory Peck y Audrey Hepburn, solo que cambiando las calles de Roma por las de Madrid y la vespa por un bus en la línea, ya puestos a rebañar, de las peripecias de Don Murray y Marilyn Monroe camino de Montaña en la deliciosa «Bus Stop».

Dice Iglesias que prepara nuevas «sorpresas» con futuros elencos de personajes retratados en la chapa del «tramabus» y en próximos recorridos, pero el líder de Podemos tal vez esté tardando en reparar en que la capacidad de sorpresa que pretende arrogarse hace ya tiempo que se convirtió en tediosa previsibilidad. El triunfo del «pablismo» en Vistalegre II marcó la línea de un guión que traza sobre todo la prioridad de la acción en la calle por encima de una labor en las instituciones, especialmente en el ámbito parlamentario donde la formación morada no se siente precisamente cómoda mas allá de las provocaciones, las algaradas y la obstinación por dar la nota siempre en busca de la atención mediática. El patético, «tramabus» podemita que nos ha mostrado a la diputada portavoz Montero y al diputado con ínfulas de jefe único de la oposición Iglesias como dos vivarachos estudiantes de tercero de turismo micro en mano ejerciendo de guías ocasionales evidencia no sólo un nulo sentido democrático e inflación de sectarismo trufando políticos, periodistas y empresarios imputados con honorables, sino una preocupante actitud de erigirse en juez y parte en la lucha contra la corrupción despreciando al poder judicial como recientemente se viene haciendo en sede del legislativo.

El poco imaginativo bus de Podemos –ni siquiera reparo en que el sátrapa venezolano Maduro fue durante siete años conductor de «guagua» antes de conducir a su país hacia el abismo– no parece que vaya a incluir entre sus próximas «paradas turísticas» lugares como las embajadas venezolana o iraní, ni la sede de la asociación de la prensa, ni cierta urbanización de rentables viviendas revendidas en Alcobendas. La única duda llegados a este punto es saber cuántos «hazteoirbuses», «tramabuses» y «esperpentobuses» somos capaces de digerir tras haber picado y después tragado los medios de comunicación. ¿Y si nos lo hacemos mirar?