Europa postelectoral

Uno de los dos principales periódicos barceloneses tituló el pasado lunes su primera página: «Seísmo en Europa». Tal vez el título muestre un exceso de alarmismo, ya que, pese a todo, el protagonista principal de la consulta fue la abstención, ya habitual en las elecciones europeas. Sin embargo, es cierto que se ha agitado la vida política en algunos países, donde han quebrado formaciones que mostraban ya signos de debilidad. Nadie podía ignorar, por ejemplo, el auge de la extrema derecha en el país vecino y la enorme caída en popularidad del presidente Hollande. Marine Le Pen y su Frente Nacional se hicieron con una sonada victoria que Manuel Valls calificó de «muy grave para Francia, para Europa y para la democracia». Bien es verdad que allí aumentó la participación en casi tres puntos, pero, con todo, no superó el 43, 5%. Pero la ausencia de votantes se debe a que cada uno de los países europeos, en momentos en los que la crisis permanece, ha ido trasladando sus responsabilidades a este ser que nos parece ajeno y al que se denomina Europa o Bruselas. El partido de la derecha francés había flirteado con el FN y su derrota ha hecho aflorar las disensiones internas y la corrupción que han acabado con el liderazgo de Jean-François Copé. El exministro François Fillon, enemistado con Sarkozy, reclamó «un cambio profundo», mientras Alain Juppé pidió refundar la UMP con el centro, que, presentándose en solitario, obtuvo el 8%. La dimisión del presidente de la UMP no se ha hecho esperar y un triunvirato formado por Fillon, Juppé y Raffarin dirigirá el partido. Marine Le Pen, que ganaba por vez primera unas elecciones a nivel nacional, reclamó de inmediato dimisiones y nuevas elecciones. Desea constituir en el Parlamento un grupo propio, sin pactar con los neonazis. Todo ello conduce a erosionar al Partido Socialista francés y a Manuel Valls que accedió hace tan sólo dos meses a Matignon, aunque han empezado a escucharse voces críticas en el seno de su partido reclamando un viraje a la izquierda.

Con una participación del 36%, en Gran Bretaña ha triunfado también un partido claramente antieuropeo, el UKIP, que superó a los laboristas en casi cinco puntos. Era tradicional la actitud euroescéptica de una gran parte de los británicos, pero nunca habían abandonado a los partidos tradicionales, los laboristas, los conservadores y su bisagra los liberales, que en esta ocasión se han situado tras los Verdes. Por ello, David Cameron, tras la reunión de los jefes de Estado y de Gobierno del pasado martes, declaraba muy gráficamente que la Unión Europea «se ha hecho demasiado grande, mandona y entrometida». Los principales países afectados por la subida de una ultraderecha antieuropea reclaman un cambio en las prioridades de Unión. El empleo debería convertirse en la máxima prioridad de la nueva Comisión Europea. Angela Merkel se mostró comprensiva con la crisis que atraviesa Francia, aunque volvió a poner énfasis en la competitividad. Matteo Renzi que llegó reforzado tras su victoria en Italia defendió una Europa «que se preocupe más de las inversiones en educación, en infraestructuras y tecnología, de las condiciones de vida de las familias». A los países del Sur se suma ahora Gran Bretaña, a su modo. Pero no cabe duda de que si Europa sigue con su política de recortes y restricciones la amenaza que representa el auge de la extrema derecha y el antieuropeísmo se puede acrecentar. Las elecciones europeas han sido, por lo menos, un aviso de lo que podrían ser las generales en cada uno de los países integrantes. Queda claro, sin embargo, que la Unión no posee una voz propia y que los nacionalismos siguen imperando. Carece de una idea que ilusione a los votantes que observan con recelo el incremento de sus dificultades diarias.

En España no se ha roto el bipartidismo, pero la izquierda ha visto cómo su voto se diseminaba. El PP ha ganado las elecciones, pero admite que una buena parte de su electorado se ha abstenido a la hora de votar. Pero el PSOE ha acusado el golpe y ha desatado las fuerzas internas que se encontraban comprimidas. El anuncio, ya cuestionado, de organizar un Congreso para elegir al sustituto de Pérez Rubalcaba, ha hecho aflorar voces disidentes que permanecían en un discreto silencio. No han brotado, sin embargo, euroescépticos o no más de los que ya existían. Una fuerza nueva «Podemos» se incorpora al nuevo panorama. Era, sin embargo, esperada tras las manifestaciones multitudinarias. De aquel desencanto político bebe la nueva organización. La sustitución de Pérez Rubalcaba puede entorpecer los acuerdos que se mantenían en la penumbra como el conocido, entre Rajoy y el líder socialista, sobre la problemática cuestión catalana, donde la primera fuerza ha sido, ya no Convergencia, sino Esquerra Republicana. La estabilidad del sistema político español se quiebra desde las fuerzas socialistas y las voces discrepantes ponen en duda la ruta trazada por su todavía secretario general. Ha llegado la hora de los relevos y esto siempre produce una cierta zozobra. Las elecciones europeas, pues, han hecho aflorar algunos de los problemas que pasan a primer plano. Los países que reclaman cambios tal vez se vean defraudados, porque se advierte la lentitud de la maquinaria de la Unión y no es sencillo poner de acuerdo actitudes y posiciones nacionales tan diversas. Nada es imposible, ni siquiera que Alemania deje de apretar el cuello de algunos, sin dejar de ser el motor inclemente de los inciertos cambios que se solicitan. Grecia se ha volcado a la izquierda, pero en Dinamarca, en Austria, en Hungría y en Finlandia ha crecido, en distinta medida, la extrema derecha y el antieuropeísmo. Es un aviso.