Fábula sangrienta

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Ayer lo supe. El secreto mejor guardado de España. Nadie comprendía ni justificaba la indolencia, la abulia, la falta de reacción y los silencios del Presidente del Gobierno español ante la rebelión, sedición y golpe de Estado de los separatistas catalanes. Ayer lo supe. Siete gansos blancos del estanquillo sito en los jardines de La Moncloa atacaron violentamente a Rajoy y éste se halla hospitalizado curando de sus heridas. Ayer lo supe y como lo supe, lo narro.

Indecisión en la elección de los piensos. El ganso blanco, por lo normal de carácter doméstico, necesita un complemento alimentario para sobrevivir. Hasta la fecha se trataba de alpisterona enriquecida por sales minerales mezcladas con virutas de maíz. Y los gansos vivían y nadaban divinamente. Pero en una de las muchas visitas que Pedro Arriola rinde desinteresadamente a La Moncloa, reparó en los gansos. Y recomendó a Rajoy unos novedosos piensos que además de alpisterona, sales minerales y virutas de maíz, llevan arroz, granos de azúcar y vitamina C extraída de la naranja. Y Rajoy, lógicamente, consultó con sus más allegados la conveniencia de ofrecer a los gansos blancos el pienso recomendado por Arriola. Se dejó de alimentar a las anátidas con el pienso antiguo, y se reunió el gabinete de crisis con el fin de aprobar el nuevo.

Quedó encargado de negociar la compra del nuevo pienso el ministro de Cultura, Íñigo Méndez de Vigo. Craso error. El señor ministro es olvidadizo. Si no se acordó del quinto centenario de la llegada de Carlos I a España, lógicamente no estaba preparado para llevar a cabo la operación «Pienso para Gansos». Y los gansos se fueron enfadando a medida que pasaban los días. Entre las dudas por el pienso antiguo y el pienso nuevo, el olvido de su adquisición, y la aparición imprevista de un tercer pienso de origen noruego en el mercado, los gansos cumplieron un mes sin complemento alimenticio. Y sucedió lo que cualquier ornitólogo especializado en anátidas habría aventurado. Un masivo ataque de gansos enfadados y en estado de alta irritación.

Paseaba Rajoy en compañía de Moragas por los jardines de La Moncloa, cuando, en la cercanía del estanque, advirtieron la presencia en tierra de los siete gansos famélicos. Lo grave es que los siete gansos famélicos también advirtieron la presencia de Rajoy, al que consideraban culpable, por sus dudas, de la falta de piensos. Y fueron hacia él, con las alas desplegadas y los picos prestos al ataque y la mutilación. Moragas alcanzó un pequeño pino y trepó hasta la copa. Pero Rajoy fue avasallado. Siete gansos irritados son muchos gansos, y cuando fue liberado de la agresión, Rajoy estaba hecho un cromo. Más de un mes dudando si este pienso o aquel pienso, si era conveniente y saludable el enriquecido con arroz o el noruego compuesto por escamas de salmón, si mañana me decido por uno o por otro o guardo en el cajón la orden de compra –que fue lo que hizo-, hasta que el asunto se resolviera sólo, llevó a los gansos enfurecidos a recordarle que era él, y sólo él, el responsable de su famélica situación.

Se está recuperando. Ya pasea por los pasillos del hospital, pero los médicos le han recomendado que no adopte ninguna decisión política hasta su total restablecimiento. Que no hable. Que no opine, y sobre todo, que no se altere con la situación de Cataluña. –Nada de aplicar el 155 ni de ordenar que se cumplan las leyes. Lo primero es su salud, señor Presidente, y no hay nada que no pueda arreglarse a su debido tiempo. En el fondo, ¿qué importa que Puigdemont declare la independencia de Cataluña? Cuando usted se recupere, tendrá tiempo sobrado para regañarlo con la severidad que le caracteriza-.

Y eso es lo que sucede. No habla porque lo tiene prohibido; no aparece porque está en el hospital. Y según he sabido, todavía no ha decidido qué pienso es el más conveniente para sus gansos, que ahí están, a la espera de su determinación. No seamos injustos con él.