Fanatismo contra progreso

La Razón
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Dentro de cinco semanas, hará dos años que este veraneante daba cuenta, de forma entusiástica, de una visita a Estambul, una de las ciudades más fascinantes del orbe. Occidental a machamartillo y recelosa de la turba islamista que le llega desde Anatolia, ochenta millones de desdentados con turbante, la metrópoli creía estar vacunada contra la involución que representa el AKP, al que se le cae a ojos vista el barniz de modernidad con el que Recep Tayyip Erdogan lo revistió durante su tránsito de la presidencia al caudillaje. Discrepará mi dilecto Javier González-Cotta, fino escritor, terrateniente ursaonense de origen y constantinopolitano de vocación, profundo conocedor de la realidad turca que dudaba tras el (¿auto?) golpe de Estado del verano pasado y ya lo hace menos, espero, vista la irreductible firmeza con la que la oposición laicista clama, ajena a la feroz represión, por la reinstauración de los derechos fundamentales. La masiva manifestación celebrada ayer da una idea de cómo se ha deteriorado el país en los últimos veintitrés meses, extremo que no niegan ni los más acérrimos defensores del sultanato erdoganista. Turquía, el mejor destino posible para el viajero hace dos veranos, es hoy un avispero intransitable en el que languidecen infraestructuras turísticas de vanguardia. Y no sólo en sus simpares centros culturales, también en la miríada de localidades de la costa del Egeo que empezaban a despuntar como emporios para las vacaciones de sol y playa. Otro episodio de la eterna batalla del rigor religioso contra el progreso. «La turca» va a tener que retorcer los argumentos en sus tertulias de los martes.