Felipe en Caracas

La Razón
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Mientras en España, Pedro Sánchez, con su apariencia cordial que esconde a un chisgarabís resentido, se entrega a los protegidos de la dictadura venezolana, Felipe González aterriza en Caracas para sumarse a la defensa de los presos políticos que mantiene en la tortura y la incomunicación el régimen de Maduro, el de la gripe.

Maduro se atreve con sus compatriotas. Los detiene, los encarcela y los tortura. Pero no con una figura de prestigio internacional como el que fuera Presidente del Gobierno de España durante catorce años. La presión exterior está ahogando al sistema criminal ideado por Chávez con la ayuda de algún «profesorcito» –así les dicen a Iglesias y Monedero–, de genuíno rencor español. Maduro está dispuesto, al menos de palabra, a derramar la sangre de los venezolanos en el caso de ver peligrar esa mentira de progreso que se ha establecido en Venezuela. Lo único que ha progresado en Venezuela, además de la ruina, ha sido el terror. Pero quedan millones de venezolanos valientes. Y los encarcelados y las mujeres de los encarcelados, que están dando al mundo libre una lección diaria de coraje y valentía. Aquí, Pedro Sánchez, caricatura de quien despilfarró quinientos mil millones de euros –han leído bien–, durante su calamitoso paso por el poder, se abraza, besa, sonríe y pacta con los cómplices de los tiranos de Venezuela. Y para colmo, establece comparaciones mugrientas, y perversas y pestilentes equivalencias entre el PP y Bildu, es decir, entre un partido político que ha enterrado –como el PSOE–, a sus militantes asesinados por el terrorismo etarra y el partido que alberga, ampara y vitorea a los asesinos. Ése es Sánchez. Y Carmona, feliz y sonriente, como una tía abuela en una primera Comunión.

Venezuela está prisionera y arruinada. Maduro no. El de la gripe papal tiene mucho dinero y a buen recaudo. Si se siente en peligro, cualquier día volará inesperadamente a La Habana, Quito o Managua, dejando atrás su estercolero. Entretanto, insiste en su papel de matón y carcelero. Pero la presión internacional, más que afligirlo, puede axfisiarlo.

A Felipe González no puede encarcelarlo. Lo más, obligarle a bocas de metralleta a que abandone Venezuela. Pero sería un escándalo. Felipe González no ha volado a Caracas sin riesgo. Lo tiene asumido, como los familiares de los presos que lo han invitado. Maduro tiene gripe, pero también, los tiene de corbata. Los movimientos en defensa de los derechos humanos impulsados desde el exterior, causan espanto a los tiranos. Excusen este pequeño salto. No he leído en los últimos meses ninguna opinión o denuncia sobre Venezuela de «Amnistía Internacional». Es posible que se me haya pasado por alto, porque cada día que transcurre soy más despistado.

Felipe González representa a todos los españoles que creemos en Venezuela y en su futuro de libertad. Yo me doy por muy honrosamente representado. Leopoldo López, Fernando Ledezma y Daniel Ceballos – cuyo estado empieza a ser crítico–, se sentirán por unos días más libres desde su oscuridad. También el exPresidente de Colombia, Pastrana, ha tenido el coraje y la valentía de sumarse al grupo de defensores. Merecen nuestra profunda gratitud.

En España, el socialismo pacta con los defensores de las dictaduras. En Venezuela, el socialista español con más prestigio en el mundo, defiende a las víctimas de la dictadura. La contradicción es tan amplia como la diferencia.

Si de algo le sirve, reciba el reconocimiento y la admiración de un español que nunca le dio su voto, señor González.