Gato por liebre

En la década de los 80 hacía furor la máxima de que "la mejor política industrial no existe". Bajo este criterio, la industria fue laminada. El drama se llamó deslocalización. Numerosas empresas se largaron a producir fuera de España porque era más barato. En Cataluña fue peor. Solamente algunas voces clamaron en el desierto ante el desmantelamiento que padecían las personas y el territorio, pero la mayoría –y de forma transversal- retozaban en el apogeo del sector servicios, turismo y ladrillo.

Hoy seguimos sin industria y, salvo algunas honrosas excepciones como Nissan, SEAT, Iberpotash o Novartis, las inversiones huyen de la industria y se refugian en turismo, comercio, logística o servicios a empresas. Es más, este repunte viene precedido de un txunami que liquidó una buena parte de la industria catalana. Hoy se habla de la futura creación de más de 4000 empleos por unas fuertes inversiones empezarán a ser realidad, en su mayoría, a partir de 2014. Y ya veremos. Por esto, sorprende que el conseller Felip Puig, uno de los consejeros más polémicos pero también más serios de Mas, afirme, ni más ni menos, que el paro se reduciría en 10 puntos si Cataluña tuviera estructuras de estado. Esta afirmación tiene tanta consistencia como la que afirma que los catalanes mejoraremos nuestra esperanza de vida en una Cataluña independiente. No invento, lo decía el programa electoral de CiU.

La creación de empleo no puede vincularse a la creación de un estado sino a su modelo económico y a las inversiones. Éstas, en Cataluña son buenas, aunque manifiestamente mejorables, y el modelo económico no se aleja mucho del español, como no se alejaron los nacionalistas catalanes de las recetas de Solchaga o Rato. La industria molestaba. De aquellos vientos, estas tempestades.

También sorprende que el conseller diga que la luz sería más barata. Hoy el coste de la energía en la factura es del 35%. La distribución y el transporte, que soportan las eléctricas, suben la electricidad un 16,5%. Las primas a energías renovables pagadas por el Estado –también en Cataluña- la encarecen un 21,8%. Otros recargos suman el 6,6%. Por último, los impuestos son el 20,1% del total. Es difícil de creer que en una Cataluña independiente las empresas asumieran por la cara los costes de transportes y distribución, que no se dieran primas a las renovables y, más difícil de creer, que se bajaran los impuestos. Alguien quiere darnos gato por liebre.