Hasta aquí...

La interpretación libre de una falsedad magnificada en la portada del diario «Marca» ha sido respondida por el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez. «Se trata de una mentira, de una falsedad y ustedes no han contrastado su información. Todo responde al deseo de algunos de desestabilizar y hacer daño a nuestra institución». Más o menos, ésta es la síntesis. Vi a un presidente madridista profundamente cabreado, y con razón. Una parte de la prensa deportiva madrileña, la más forofa, no perdona a Mourinho dos de sus grandes aciertos. Abrirle las puertas a Raúl y enfrentarse con resultado victorioso a Valdano, el comentarista de la SER que lleva cobradas cuatro indemnizaciones millonarias del Real Madrid. Mourinho se ha podido equivocar en muchas de sus actitudes, pero no es un títere. Después de los alcorconazos e irunazos, le ganó la final de la Copa del Rey al Barcelona. El pasado año, el Real Madrid fue un asombro y arrasó en la Liga, alcanzando la semifinal de la Copa de Europa. Lamento la crítica, pero muchos periodistas deportivos quieren entrenadores manejables, comunicadores y que les faciliten el trabajo. Por otra parte, son centenares los que se ocupan directamente y casi en exclusiva del Real Madrid. Un entrenador tiene toda la libertad para ser duro en el vestuario y sincero en sus declaraciones. El Real Madrid sigue sufriendo el «Villarato». Si Messi, maravilloso futbolista intocable, recibiera el trato que padece Cristiano Ronaldo por parte de los defensas contrarios, estaría una semana sí y la otra también ingresando en el hospital. Los árbitros no le pasan una al portugués y todas al argentino. Pero me estoy desviando. Lo que anunció el «Marca» es que Casillas y Ramos advirtieron al presidente y al director general del Real Madrid que «o Mourinho o ellos», entendiendo en el «ellos» a más futbolistas del primer equipo. Los grandes ases del fútbol se acostumbran mal y no digieren –algunos– su popularidad y poder. No gustan de los entrenadores severos. Mourinho ha protagonizado acciones muy criticables, pero su saldo es diáfanamente positivo. Sus enemigos, más que en el vestuario, están en las emisoras de radio y en las redacciones de los periódicos. Lo siento, pero es así. Ha cambiado mucho el fútbol desde 1991, año en el que me presenté a las elecciones madridistas. Aprendí mucho. Aprendí a soportar los insultos más groseros y las mentiras más viles de antiguos compañeros. Aprendí a no alterarme cuando los «Ultrasur», a las órdenes de Lorenzo Sanz, volaron mi oficina electoral con cócteles «molotov». Aprendí a sentir el riesgo físico en la inmediatez. Aprendí a callarme cuando a mi contrincante, con quien en lo personal me llevaba amigablemente, le votaron más de quinientos socios fallecidos. Aprendí que un Club con la grandeza del Real Madrid no es lugar para románticos. Aprendí lo que es la lealtad y la traición. Y aprendí a no temer a los centenares de periodistas deportivos que todos los días invadían mi espacio privado con una insuperable falta de respeto. También aprendí a valorar en lo humano y en su profesión a otros periodistas deportivos que se comportaron como lo que eran, auténticos señores. De ahí que haya entendido a la perfección el «hasta aquí hemos llegado» de Florentino Pérez ante una grave falsedad. Y como madridista, lo aplaudo. Me gustaría que esa actitud la tuviera el Presidente del Gobierno ante el desafío separatista catalán. Nada tiene que ver lo uno con lo otro, pero las reacciones y actitudes siempre reclaman la comparación.