Heroína, no mártir

Al resistir el halago y la tentación de los barones, Susana Díaz ha demostrado por qué es la dirigente más lista del PSOE. En el clima borrascoso y de provisionalidad que zarandea a los socialistas, la presidenta andaluza sabe que, de haber aceptado la misión de conducirlos a través del desierto, no habría llegado jamás a ver la tierra prometida de La Moncloa. Quien suceda a Rubalcaba no será el ungido que devolverá el partido al poder, sino otro Almunia llamado al sacrificio de quemarse en la larga travesía. Susana Díaz aún no ha cumplido los 40 años, dentro de dos deberá ganarse los galones ante los andaluces y en 2019 habrá alcanzado la plena madurez política para aspirar a ser la primera presidenta del Gobierno de España. Ella quiere ser la heroína de mañana, no la mártir de hoy. Porque no hay martirio más seguro que entrar en la grillera del PSOE a poner orden. El coro de los candidatos, con sus trinos republicanos y sus aflautados eslóganes, ofrece un espectáculo cuando menos inoportuno e impropio de un partido de gobierno. Mientras España asiste a un relevo histórico en la Jefatura del Estado, que pone a prueba la solidez del edificio constitucional levantado en 1978, el partido socialista es noticia por sus líos sucesorios y las excentricidades ideológicas de algunos dirigentes. Más que soluciones, lo que ofrece son problemas. En este contexto, la abdicación de Susana Díaz no contribuye a despejar las incertidumbres ni a encarrilar al PSOE. Al contrario, dará alas a quienes pretenden emular a Pablo Iglesias Turrión. Porque la perspectiva más inquietante es que la militancia socialista, huérfana de líderes responsables, ponga su destino en manos de cualquier flautista de Hamelin que no reconoce la legitimidad democrática del sistema; es decir, de los mismos que hoy votarán en contra de la Ley de Abdicación.