Horror dosificado

Cuanto más conocemos del asesinato de Asunta, más espeluznante se torna la certeza del cómo se gestó la tragedia y por qué –presuntamente– le cortaron el hilo de la vida (de momento aún no se ha probado) unos padres que la adoptaron cual juguete roto. Como coach-PNL suelo hacer muchas preguntas, entre ellas: «¿Qué intención positiva tenías al haber hecho tal o cual cosa?» La «intención positiva» –no es sinónimo de buena ni de mala, pues no se persigue el enjuiciamiento moral sino el entender el por qué una persona hace lo que hace y no otra cosa que le reportaría consecuencias más deseables o consecuencias sin ciertas «secuelas»–, que podría estar detrás de semejante crimen podría ser una mezcla de desafortunados «motivos» que se aunaron en contra de Asunta. Obviamente, si las personas que la mataron hubiesen tenido corazón y conciencia, «la intención positiva» de resolver el «problema» –creado por cualquiera menos por Asunta– les hubiese inspirado otra «solución» muy diferente a la que idearon. Si cobran visos de realidad las sospechas de que el padre adoptivo podría haber abusado de la niña, una trama empieza a tomar forma en mi mente de escritora: la madre y ex esposa podría haberse sentido celosa y amenazada, que no asqueada. Porque de haberse dado esto último le habría denunciado. Al convertir a la niña en un peligro/estorbo, su alma perversa les dio la solución: horror servido en pequeñas dosis. Sigo pensando que el padre, en el tanatorio, escondía la cabeza entre las manos horrorizado ante la realidad de los hechos. Quizá era víctima de su propia incompetencia como ser humano. Acabar con la vida de otro ser humano jamás es la solución a ningún problema.