Imputación y condena

Se rumorea que en los primeros días de enero de 2014, el espabilado juez Castro decidirá si imputa o no a la Infanta Cristina por el «caso Nóos». Intuyo que lo hará, sin tener en cuenta la dura oposición del Fiscal, y de los dictámenes favorables a la inocencia de la Infanta de la Agencia Tributaria, la Fiscalía Anticorrupción y la Abogacía del Estado. La obsesión enfermiza del juez Castro le llevó a requerir de Hacienda el justificante de un «parking» de 45 céntimos de la Infanta Cristina. Creo que este hombre se ha dejado llevar por las obsesiones de determinados medios de comunicación escritos y las sentencias y condenas a prisión perpetua dictadas por algunas tertulias hepáticas y oncológicos programas de televisión. Y tiene que imputar a la Infanta, porque si después de 25.000 folios de sumario sin indicio alguno de culpabilidad no lo hace, el juez Castro haría bien en abandonar su despacho y dedicarse en el futuro a la pesca submarina, que en las costas baleares es abundante y variada.

En el escrito del fiscal Horrach no aparece el concepto de prevaricación, pero se señala en el horizonte. No en el horizonte de la Infanta, sino en el del juez Castro. Este hombre tan meticuloso se ha creído los elogios y comparaciones de sus aduladores. El «Elliot Ness» de Palma, le dicen. Elliot Ness se jugaba la vida todos los días y no creo que el juez Castro haya sufrido ni un rasguño de riesgo durante su obsesiva actuación. Si acaso, riesgo al ridículo, que será muy compartido, por cuanto son muchos los españoles que ya han condenado a la Infanta Cristina sin posibilidad de recurso, apelación ni devolución del honor manchado.

Imputada o no, ya tenemos en este desdichado caso a una persona condenada. No hay que dejarse llevar por el engaño. Ni Urdangarín ni Torres le importan la mitad de un bledo a la prensa presumiblemente justiciera. Interesa la Infanta por ser hija de los Reyes, y al juez Castro le obsesiona pasar a la historia con el expediente de valentía de haber imputado a una Infanta de España. Una valentía discutible, si me es permitida la libre opinión.

La vanidad ciega. Lo puedo asegurar por propia experiencia. Cuando un importante medio escrito, tertulias sesgadas y programas infectos –los más vistos en España–, no cejan de alabar el coraje, la tenacidad y la competencia de un juez, éste termina por levitar como mi querida Pitita Ridruejo en trances milagrosos según ha reconocido últimamente. Y la levitación conlleva un inconveniente. Si la elevación que se alcanza es considerable, el castañazo al recuperar la dureza del suelo es mayor. Y un juez que levita por los elogios interesados, olvida en las alturas de su vanidad que puede estar prevaricando con el único fin de aliviar su grisáceo paseo por la vida, que es el paseo elegido por quienes someten voluntariamente el brillo de su capacidad intelectual y profesional al equilibrado fin de hacer justicia.

Si en 25.000 folios de sumario el juez Castro no puede demostrar la responsabilidad personal de la Infanta Cristina en el «caso Nóos», en algo o en mucho está fallando. Demasiado trabajo para ninguna chicha. No obstante, entre unos, otros y la capacidad de los unos y de los otros para convertirse en héroes de la ciudadanía manipulando la verdad, la Infanta Cristina ya ha sido condenada. Por ese lado, enhorabuena. Sucede que la imputación, que no es condena, le puede llegar al propio juez y nadie va a apoyarlo en momentos difíciles. Tire los 25.000 folios a la basura, y sea feliz.