Joder, qué tropa

El espectáculo al que hemos asistido los españoles y gran parte de la prensa internacional ha sido bochornoso. El presidente no llevaba los deberes hechos, Rivera padeciendo de soberbia crónica e Iglesias que se ha retratado como lo que es, un desesperado que solo busca poder.

La negociación en directo y pública entre Sánchez e Iglesias ha sido de lo peor, todas las vergüenzas mutuas aireadas y los españoles viendo como el futuro de sus hijos, de su empleo o de su negocio dependía de si unos y otros estaban satisfechos con su trozo de la tarta.

Este tipo de negociación no es el acuerdo para configurar una ejecutiva en un congreso de un partido y los intereses partidistas, exhibidos públicamente y sin contexto solo contribuyen al desprestigio de la política.

A Pablo Casado el traje de hombre de Estado le queda tan grande como a los demás. Ha eludido toda responsabilidad buscando el argumento del acuerdo de socialistas con independentistas o bien nuevas elecciones, en las que espera devorar en buena medida a Ciudadanos y a Vox.

Ahora se van a esforzar todos en construir su propio relato para enfrentarlo al de los otros. Pedro Sánchez apelará a que sus convicciones no están en venta y que incorporar a Podemistas en el gabinete hubiese sido contrario a sus valores socialistas. La premisa es correcta, pero igual de cierta que la que veta entendimiento entre socialistas e independentistas, aunque de esa no se acuerde.

Iglesias y su jugada maestra de autosacrificarse iba encaminada a la construcción de su argumentario. Significativo el tuit de Mayoral que decía: “solo tenemos dos mejillas”.

Ante su electorado, los morados han conseguido cierto victimismo, que les sirve para fidelizar voto y para minimizar un futuro efecto Errejón. La parte negativa es que se les ha visto como la nueva casta que no tiene paciencia para esperar a montarse en un coche oficial.

Es evidente que esta nueva dinámica de multipartidismo en el Congreso complica la gobernabilidad, no es tan obvio, pero parte de la culpa la tienen las posiciones tacticistas de PP y PSOE.

En 1996 Aznar no tuvo mayoría absoluta, pero Felipe González apeló a la norma democrática no escrita de que el que gana las elecciones gobierna y propició la estabilidad de aquel gobierno.

En el año 2004 Zapatero anunció en la campaña electoral que solo sería presidente si obtenía un voto más que su adversario. Sin embargo, la regla no legislada se rompe en 2016 cuando Sánchez intentó la investidura con 90 diputados, bastantes menos que el PP e intentó una segunda que no se llevó a cabo porque la dirección del PSOE le forzó a dimitir.

Es la segunda investidura en la que fracasa Pedro Sánchez y, quizá haya una relación causal entre ambas, porque con la primera se rompió la regla de respetar al más votado.

Como resumen del espectáculo, solo se me viene a la cabeza el famoso “joder, qué tropa”, del Conde de Romanones.