La bola y el sexo

La Razón
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Más que una estera recibió David de Gea por servir de intermediario, supuestamente, entre unas señoritas de vida alegre y el colega Muniain. Un «affaire» de 2012 que asomó en el comienzo de la Eurocopa, cuando Del Bosque había sofocado el incendio de la portería y Casillas estaba informado de su asignación al banquillo. Las primeras deformaciones implicaban al portero del United en un turbio asunto de prostitución, abuso de menores y prácticas sexuales no consentidas. Empezó a desenredarse la madeja y resultó que De Gea ni siquiera estaba en el hotel de los líos. Un intercambio de «guasaps» con una de las meretrices le apuntaba. Él lo negó todo. Un mes después de la tormenta, Nacho Abad descubre en LA RAZÓN que la testigo protegida trataba de ponerse de acuerdo con un chulo, amigo del famoso Torbe, para trincar a algún tipo famoso e incauto y hacer «business».

A Pedro Sánchez le desagradó la titularidad de David, no fue al único, ni el único que se sintió incómodo viendo en la portería de España a un chico cuya consideración oscilaba entre putero y tratante de blancas. Un mes después, el juez del caso, que, por cierto, nunca acusó a los futbolistas, afloja el nudo en ese cadalso, sospecha que hay felino cautivo. Las contradicciones de la testigo protegida en su testimonio y los nuevos «guasaps» la dejan en lugar harto delicado, en tanto que a De Gea lo descabalga, más o menos, de un garañón al que en ocasión tan señalada ni siquiera pasó la mano por el lomo. Lo malo, para él, es que en el proceso de investigación quedó un rastro de mensajes suyos. Lo peor, que del filtrador de los nombres de los futbolistas aún no hay noticias.