La caverna

La Razón
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Mientras leía sobre la penúltima ocurrencia de la CUP –esas copas menstruales frente al capitalista tampón y la mercantilista compresa–, pensaba en la izquierda de EE UU, cada día más reaccionaria. Esos vecinos y conocidos, cosmopolitas ellos, habituales del Film Forum y el MoMA, galvanizados por su odio a Donald Trump cuando Bernie Sanders está entre ogro carca y campeón del de-sasosiego. Incapaces de reconocer que han achicado el damero político a una dicotomía pueril, los dos envueltos en la bandera utopista, muy juntos en la inauguración de un tiempo viejo. No hay forma de explicarles el recurrente amotinamiento contra la realidad que exhibe la dupla Trump/Sanders. Su zoología intelectual, que todo lo reduce al nosotros/ellos mientras alientan la sospecha de que fuimos felices y alguien quebró el hechizo. Dos enemigos del progreso unidos en su proustiana búsqueda de la magdalena. Si uno analiza el programa de Trump, hijo de aquel Tea Party, comprobará que orbita en torno a un vector agriado, idéntico en forma y fondo al nacionalismo aislacionista anhelado por Sanders. La izquierda estadounidense, en la actualidad, sólo aspira a encontrar trabajo como «doula» y a ensalzar una doctrina a la que se le han caído los dogmas clásicos. Si con el reaccionarismo pata negra comparte la pulsión antipolítica, la condena indiscriminada de la modernidad y el miedo al cambio, también asusta su defensa de lo «natural», que tiene tanto de pensamiento mágico y oscurantista noviazgo con lo irracional como de enmienda al progreso. El rollo de la lactancia, más que una escuela gratuita de calor emocional y anticuerpos, ha desembocado en una involuntaria contraprogamación de las conquistas sociales femeninas. Despreciando la conciliación laboral, las pitonisas lactantes insisten en prolongar el lío de horarios y tomas más allá de las semanas de baja de la madre, a la que piden cuentas no bien haya decidido volver al trabajo y destetar al mozo. O proclaman las bondades del parto con dolor, entronizado cual sursum corda frente al apocalipsis medicalizado del paritorio y el infierno del quirófano. Reproches a la medicina que extienden en mil y un documentales muy pirateados donde los feligreses de la parroquia conspirativa acusan a las farmacéuticas de envenenarnos. Qué decir de los supermercados que despachan comida «orgánica», como si el personal pudiera alimentarse mediante compuestos inorgánicos. Añadan la sorpresa de encontrar que olvidaron la profecía de Chesterton y ya casi creen en cualquier cosa, del budismo zen a los copos de soja, del animalismo demenciado a los chakras, y encontrarán a una peña que parece sacada de la canción de las Vainica, infeliz vegetariana o mariposa tibetana de flor en flor, que viajó a Katmandú y volvió loca por un gurú. Esta mañana, en fin, descubrí que la señora que cuida a mi hijo combina su idilio con Sanders con el convencimiento de que puede leer el futuro mediante la indagación en la superficie de unas bolas. Creen defender la revolución y en realidad promocionan un medievo perfumado con sándalo. Sólo les falta el docudrama de Oliver Stone. Cualquier día.