La corrupción como efecto

A nuestros dirigentes políticos últimamente cada día con el desayuno les llega servido el sapo correspondiente de la corrupción. La piel de toro de la España de hoy está llena de cráteres que señalan los lugares en los que algunos corruptos han dejado su huella. Son ya tan numerosos que alguien podría suponer que no son tan sólo el signo de tiempos de crisis moral y económica, sino que constituyen un rasgo de identidad. Sin embargo, hay algunas voces sensatas que nos recuerdan que también en otras partes y hasta en otros tiempos se dieron circunstancias parecidas. En la operación del pasado lunes la Guardia Civil detuvo a casi medio centenar de sospechosos. Fue calificada como «operación Púnica» por ser Francisco Granados el personaje que la desencadenó, y quedó en manos del juez Eloy Velasco. Las detenciones se realizaron en Madrid, Murcia, León y Valencia. El suceso, por lo menos, distrajo la atención del mayor problema que tiene planteado Mariano Rajoy, la seudovotación –que tampoco va a celebrarse– del 9-N en Cataluña, aunque el problema subsista y, tal vez, resulte peor el remedio que la enfermedad. No le permitieron al presidente del Gobierno saborear la buena calificación que obtuvieron nuestros bancos (y lo de nuestros nunca mejor dicho) en el ámbito europeo. Pasada la crisis del ébola y la de las tarjetas opacas, la operación contra la corrupción produjo en la ciudadanía una alta dosis de indignación y entre la clase política se utilizaron términos tan duros como asco o humillación. Fueron horas de catarsis y de paralización. Aunque la mayor parte de los detenidos, acusados de casi todos los delitos económicos posibles, eran del PP, los hubo también del PSOE e independientes. Y todo ello vino a coincidir con la acusación al alcalde de Barcelona, Xavier Trias, de mantener cuentas en Suiza y Andorra, pero éste salió al paso inmediatamente negando que la acusación divulgada por un medio periodístico fuera cierta y emprendiendo acciones legales.

Esta amplia redada estaba formada en esta ocasión por corruptos y algunos corruptores, políticos y empresarios y hasta un guardia civil que actuó de topo avisando a Granados de lo que podía venírsele encima. Llueve sobre mojado, porque llevamos una larga serie de presuntos delincuentes que saquean las arcas públicas o se aprovechan de situaciones de privilegio para favorecer a sus partidos y a sí mismos. Esperanza Aguirre y el propio presidente pidieron perdón. Suiza parece haberse convertido en un centro de política nacional. Quien se precie debe tener ya una cuenta opaca en el país donde se fabrican los mejores relojes del mundo y se saborea el chocolate. Hasta el hombre de la calle conoce los nombres de los principales bancos de aquel país como si fueran propios. La vida ciudadana, sin embargo, no se modifica con estos movimientos que se producen en las cúpulas. Cada quien busca trabajo, tiende a conservar el que disfruta o se pierde en el anonimato de la indigencia. Pero, puesto que nos dimos un sistema democrático, se nos pide que, cuando se nos reclame, acudamos a las urnas. Los partidos que son o han sido gobierno y se mancharon las manos con el uso desmedido del poder y del dinero, dentro de poco tiempo van a pedirnos su confianza. La indignación que se manifestó con la ocupación de la vía pública se ha transformado en un partido que pretendía definirse como antipartido. En una de las últimas encuestas superaba ya en muy poco al PSOE y quedaba a poca distancia del PP. El sistema democrático imperante es multipartidista, pero, de hecho, dos únicos partidos han dominado en el conjunto del país. A ellos habría que añadir el que fue también hegemónico en Cataluña. Todos ellos hoy se encuentran en una grave situación. La población entiende que incumplieron sus promesas, colaboraron en el despilfarro público y la condujeron a una situación de empobrecimiento general que no fue tan sólo el fruto de la crisis general. Se desconfía, por consiguiente, de la eficacia de un sistema que ha permitido tales desmanes. Y se hace desde un malestar social justificado. Quienes daban lecciones sugiriendo que se había vivido por encima de nuestras posibilidades saqueaban las arcas o habían mirado hacia otro lado.

Toda la responsabilidad de nuestro desastre económico no fue tan sólo la caída de la construcción, jaleada por los gobernantes. Como nuevos demócratas, puesto que salíamos de una dictadura de cuarenta años, no pudimos sospechar que la Transición –tal vez la única posible– no alteraría ni la moral colectiva, ni la ética de quienes ostentaban el poder. Pero habrá que admitir también que el esfuerzo colectivo que se ha realizado para llegar hasta este punto no es despreciable. Tal vez los políticos no estén a la altura de las circunstancias, pero operaciones de limpieza como las que estamos observando últimamente, aunque escandalicen, muestran también que hay zonas sanas en el cuerpo social. No todos los políticos son ineptos y corruptos. Constituyen una minoría. Pero el sistema bipartidista en el que nos convertimos se halla en quiebra y habrá que admitirlo. El futuro de este país no pasa por dudar del sistema, sino por mejorarlo. Llegarán los tiempos de pactos. Y si las grandes formaciones desean sobrevivir deberán adaptarse y renunciar a actitudes prepotentes que, en el fondo, revelan debilidad. Quizá se pretenda gobernar a base de leyes, pero lo que subyace en el cuerpo social es un gran vacío moral. No es posible que los votantes de mañana confíen en los corruptos de ayer. Las leyes deben sustentarse sobre acuerdos generales, porque lo que sobra en este país son precisamente leyes que no se cumplen. No podemos dejar, por otra parte, todas las responsabilidades en manos de una Justicia que carece de medios o de unas Fuerzas de Seguridad incapaces de digerir el volumen de acciones que pueden llegarles. La transparencia es un ideal, tal vez una utopía: son acciones. Sus raíces deben alimentarse con savia nueva. A los políticos debe pedírseles más presencia, menos opacidad y una renovación que a tantos les resulta ya imprescindible. La alternativa podría ser un caos «a la italiana». ¿Son conscientes de ello?