«La cosa» en el País Vasco

Durante los primeros pasos de la Guerra Fría y la pérdida de la hegemonía nuclear estadounidense, Hollywood produjo incontables películas de serie B en las que se compara subliminalmente una invasión extraterreste con el sovietismo. Uno de aquellos peliculones para sesión doble dominical se titulaba «La cosa» y era repugnante. Unos platillos voladores escupían sobre la Tierra una masa informe, gelatinosa, móvil, que modificaba su tamaño entrando por los bajos de las puertas y deglutiendo a todo cristiano que encontraban, como una enorme masa intestinal, diluida y hambrienta. En una cena en Donosti con Ramón Rubial y Lalo López Albizu (otro histórico socialista vasco, egregio padre de un tal Patxi que no aprende euskera ni atado), un comensal comentó que en el País Vasco los únicos que sabían hacer política eran los etarras. Pasan los años y a la vista lo tenemos. El Tribunal Supremo ilegaliza Batasuna, Herri Batasuna y Euskal Erritarrok sin que el abertzalismo de alma terrorista siquiera intente molestarse por la indelicadeza, a la espera de que el Tribunal Constitucional bendiga Bildu y Sortu que se presenta en sociedad el próximo 23-F con gran acierto del calendario anticonstitucional. El General Armada no entró al Congreso pero ya se ha colado en el Senado el abogado Iñaki Goioaga. Y lo que mueve a las lágrimas es que el nuevo senador haya obtenido su escaño por los votos de los socialistas vascos bajo la batuta de Patxi Lólez que si desembarca en Ferraz dejará al PSOE en cuidados intensivos. Éstos no tienen ninguna prisa ya que cada día se comen una ley o una bandera, como en «La cosa». No son como Artur Mas y los niños mártires, que se desinflan por semanas. La parcelación de España no viene de Cataluña sino por Euskadi. No sé si será cierta la alegación de aquel histórico socialista, pero, desde luego, son las demás fuerzas vascas las que se están dejando fagocitar por los marcianos. Ojalá que la sonda Curiosity enfoque Donosti y Vitoria y nos trasmita que está pasando allí.