La cuestión ecológica

Víspera de San Isidro: en su honor quiero recordar la cuestión ecológica. La temática relativa al cuidado y salvaguardia del ambiente natural es una cuestión que preocupa y reclama atención. Se han multiplicado mucho las alarmas por el futuro del «Planeta azul» al considerar la gravedad del efecto de eventos naturales y, si cabe, aún más el efecto de comportamientos irresponsables y autodestructivos del hombre ante la naturaleza. «Debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, el hombre corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación... No sólo el ambiente físico constituye una amenaza permanente: contaminaciones y deshechos, nuevas enfermedades, poder destructor absoluto; es el propio consorcio humano el que el hombre no domina ya, creando de esta manera para el mañana un ambiente que podría resultar intolerable. Problema social de envergadura que incumbe a la familia humana toda entera». (Pablo VI).

Por esto mismo, se preguntaba el Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2010, «¿cómo permanecer indiferentes ante los problemas que se derivan de fenómenos como el cambio climático, la desertización, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los ríos y de las capas acuíferas, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales? ¿Cómo descuidar el creciente fenómeno de los llamados ''prófugos ambientales'', personas que deben abandonar el ambiente en que viven –y con frecuencia también sus bienes– a causa de su deterioro para afrontar los peligros y las incógnitas de un desplazamiento forzado? ¿Cómo no reaccionar ante los conflictos actuales, y ante otros potenciales, relacionados con el acceso a los recursos naturales? Todas éstas son cuestiones que tienen una repercusión profunda en el ejercicio de los derechos humanos como, por ejemplo, el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud, y al desarrollo».

El Papa Benedicto XVI le daba tanta importancia que vinculaba la preocupación y el cuidado de la naturaleza, nada menos que al desarrollo futuro de los pueblos y al futuro de la paz en el mundo. La relación del hombre con el ambiente natural y su uso «representa para nosotros una responsabilidad para con los pobres, las generaciones futuras y toda la humanidad» (Caritas in Veritate, n. 48). Al margen de manipulaciones ideológicas que se puedan hacer de esta cuestión y de posibles intereses parciales que nunca faltan, se comprende ciertamente que todo cuanto se refiere a la problemática ecológica esté puesto en primer plano de la actualidad. «El respeto a lo que ha sido creado tiene grandísima importancia, sin duda alguna, puesto que la creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios, y su salvaguardia se ha hecho hoy esencial para la convivencia pacífica de la humanidad» (Benedicto XVI, Mensaje Jornada Mundial de la Paz, 2010, n. 1).

Hago enteramente mías las palabras del Papa, San Juan Pablo II, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1990: la conciencia ecológica «no debe ser, pues, obstaculizada, sino más bien favorecida, de manera que se desarrolle y madure encontrando una adecuada expresión en programas e iniciativas concretas» (n. 3). La nueva conciencia y preocupación ecológica es, a mi entender, una de las señales más positivas del momento que vivimos. La cuestión ecológica es, ciertamente, responsabilidad de todos, y entraña para todos un verdadero desafío y un exigente deber moral.

La Iglesia se ha ocupado del tema ecológico en numerosas manifestaciones a través de su Magisterio, sobre todo del Papa Benedicto XVI en su encíclica, Caritas in Veritate, en el Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz de 2010, y en el vigoroso discurso, el mismo año, ante el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, en Roma; estos documentos constituyen una grande y esclarecedora enseñanza que arroja no poca luz sobre esta temática tan principal en todo momento y particularmente en nuestros días. El fundamento más profundo y consiguientemente más exigente sobre la responsabilidad ecológica, el magisterio de la Iglesia lo sitúa en el hecho de la creación, obra de Dios mismo, que ha confiado a los hombres. Ésta es la clave de todo. En toda la cuestión ecológica hay en el fondo e inseparable de ella una cuestión profundamente humana, antropológica de base, y contiene o subyace a ella siempre una cuestión moral: la naturaleza no se puede considerar más importante que la persona humana, que cada ser humano. La ecología, la crisis o la cuestión ecológica en modo alguno pueden sustraerse ni tampoco puede entenderse separada o al margen del hombre, como tampoco puede entenderse la cuestión antropológica, el cuidado y desarrollo del hombre, sin aquello que comporta la defensa y protección de la naturaleza, del cosmos, del ambiente: no se puede valorar la crisis ecológica separándola de las cuestiones ligadas a ella, ya que está estrechamente vinculada a la visión del hombre y su relación con sus semejantes y la creación. En este sentido hay que señalar que el deterioro ambiental es hoy uno de los aspectos más preocupantes de la quiebra moral y antropológica, del relativismo en que vivimos. Un relativismo beligerante que, basado en el permanente rechazo de la verdad sobre el hombre, inseparable de Dios, Creador, penetra en todos los aspectos de la vida y ejerce cada vez más una influencia sobre las relaciones humanas y el sentido de la vida. Una dictadura que mortifica la razón, al afirmar que no puede conocer nada con certeza más allá del campo científico positivo. Un relativismo que solamente genera consensos a corto plazo, y en general manipulados por las presiones ideológicas. El tema del deterioro ambiental, sin duda, cuestiona los comportamientos de cada uno de nosotros, los estilos de vida... Ha llegado el momento en que resulta indispensable un cambio de mentalidad efectivo que lleve al hombre a adoptar nuevos estilos de vida, «a tenor de los cuales, la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con todos los demás hombres para un desarrollo común, sean los elementos que determinan las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones» (Juan Pablo II).