La dictadura catalana

La Razón
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El «seny» debió inventárselo un cazaeslóganes en horas altas. El triunfo fue tal que hasta hace poco todo el mundo le creyó, de la misma manera que se antoja que los andaluces somos graciosos, flojos y analfabetos, que lo somos por supuesto. De hecho, tengo una gracia que no se puede aguantar. Ahora hemos caído en la cuenta de que lo que un día fue un paraíso burgués es una isla bananera de las de Woody Allen, con su caudillo in pectore, al que ya sólo falta la barba postiza. Lo que iba a ser una república, concepto que en España se tiene por sinónimo bastardo de libertad, se convierte en dictadura, sin separación de poderes y con la Prensa amordazada. Es lógico. Una administración que no cumple las leyes y se salta la legalidad como en sus tiempos los maletillas no podría traer más que un régimen totalitario. No es de extrañar que Maduro lo aplauda. Y que Pablo Iglesias lo respalde. Veremos dónde colocan su Valle de los Caídos. Estamos ante el terror, con las guillotinas a punto, y el resto de España mira de nuevo hacia otro lado, como en los peores tiempos del País Vasco, sin apenas nadie que la defienda, haciéndose perdonar que es una Nación y que en definitiva existe.

En cualquier rincón del mundo civilizado, Puigdemont no sería un héroe que se enfrenta a una legión de despreciables caníbales de su cultura, sino un villano que se adentra en el corazón de las tinieblas, venerado por los nativos como en el relato de Conrad. El barco fluvial se adentra sin que un portaaviones lo detenga. La situación es tan surrealista que se entiende menos que el regreso de «Twin Peaks»: el enano bailarín se supone que sería Jordi Pujol, que ahora lleva bastón, pero visto lo visto ya no estoy tan seguro. Bajo las alfombras de la Generalitat las cañerías portan veneno y subsconcientes enfermos. Puede que un día nos preguntemos quién mató a Cataluña y la tiró río abajo envuelta en plástico.

En el Parlamento catalán sí que debería presentarse una moción de censura, por la gravedad de lo que allí sucede, pero no conviene. Es mejor lanzarse a las barbas de Rajoy, que es un presidente de paso, como todos, o sujetar el liderazgo provisional, como todos, de Pedro Sánchez, que evitar una situación que marcaría la historia para siempre. Estamos, pues, perdiéndonos en las anécdotas mientras dejamos desvanecerse la almendra del relato. La conferencia de Puigdemont fue la cumbre de la montaña de mentiras y de la perversión del término diálogo que es como ahora se llama a hacer «playback» de un monólogo del club de la tragedia.