La disyuntiva del PSOE

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Susana Díaz presentó su candidatura a las primarias del PSOE como paso previo a hacerse con la Secretaría General. Rodeada de los pesos pesados que estos años han liderado el partido hasta convertirlo en el que más tiempo ha gobernado España y la práctica totalidad de barones autonómicos, ha hecho una demostración de fuerza dentro de la organización congregando a 9.000 militantes y simpatizantes. Por su parte, Pedro Sánchez, que anunció su acto como contraprogramación a la presentación de Díaz, reunió a 2.500 afines –sin apenas representación institucional–, para dejar claro que lo suyo son las bases y no el aparato. Patxi López, con un grupo reducido, resaltó su papel de aspirante integrador, a ver qué saca de la confrontación entre los anteriores.

Las piezas del juego ya están en el tablero, pero el resultado no está del todo claro, y de ahí que tampoco lo estén los apoyos que definitivamente puedan obtener unos y otros. Significativo ha sido el comentario de Felipe González al respecto: «Estoy en este acto porque he recibido una invitación. Si los otros candidatos me hubieran invitado habría acudido igualmente». Su entusiasmo fue muy contenido.

Lo más destacable es que ningún aspirante ha explicado su proyecto para España y cómo recuperar ese PSOE que ha gobernado muchos años con el apoyo de una gran mayoría de ciudadanos. Tan sólo buscan el poder del partido. Para Sánchez el único objetivo es recuperar la Secretaría General que le arrebató la dirección tras su enroque en el «no es no», y para ello hace demagogia con la militancia prometiéndole una dirección cuasi asamblearia para la toma de decisiones –a la que sólo recurrió cuando el aparato no compartía su estrategia–, y el rechazo a cualquier posición que permita al PP gobernar, aunque sea el más votado. Para Díaz, es «ganar elecciones», lo que, teniendo en cuenta lo que ha hecho en Andalucía, parece bastante consecuente, pero poco ilustrativo sobre lo que pueden esperar los españoles de ella para mejorar nuestro país. Y el de López, que el ganador cuente con él.

Ninguno parece fiable. López traicionó al PP al día siguiente de que éste le apoyara para ser lendakari, echándose en brazos del PNV y su estrategia nacionalista. Sánchez negociaba a espaldas del partido con Podemos y los catalanes lo contrario de lo que decía públicamente para conseguir la investidura a cualquier precio. Y Díaz sólo ha acreditado hasta el momento su capacidad para aglutinar tras de sí al aparato y sus dirigentes preocupados por la deriva a la que les llevaba –y al parecer quiere seguir llevándoles–, Sánchez.

La división es grande y el interés de los dos contendientes principales es acentuar sus diferencias. Está en juego la subsistencia de un PSOE moderado y la estabilidad política de nuestro país. Después del despliegue de Díaz en la presentación de su candidatura, si no logra vencer, Sánchez se considerará legitimado, y con ganas, para arrasar al aparato casi en su totalidad. Si la victoria de Díaz no es contundente la división seguirá latente, y es muy posible que el PSOE siga siendo un partido debilitado, y difícil aliado para asuntos de Estado, pues las palabras de Sánchez comprometiendo su lealtad con el resultado están por ver. Incluso podría romperse. Sólo la victoria contundente de Díaz hace abrigar la esperanza –también por ver–, de que el PSOE recupere la senda y contribuya a la estabilidad en nuestro país. El esfuerzo del Gobierno por aprobar los presupuestos no es ajeno a la incertidumbre de este proceso.