La doctora

La Razón
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La doctora en Medicina Ana Pastor Julián ha sido elegida para ejercer la presidencia del Congreso de los Diputados. Cuando José María Aznar encomendó a Ana Pastor la cartera de Sanidad, después de fracasar su apuesta por Celia Villalobos, esta mujer que hoy preside el Congreso se ganó el respeto de todos por su trabajo, dedicación e inteligencia, sin olvidar otra de sus virtudes características. Su honestidad personal y su decencia en el uso del dinero público. Aznar había protagonizado previamente una mala jugada. Privó a Málaga de una buena alcaldesa –Celia Villalobos–, y accediendo a las exigencias de Arriola, hizo ministra de Sanidad a una mala ministra, Celia Villalobos. Cuando su natural soberbia fue vencida por los acontecimientos y consideró que era más importante la Sanidad en España que los caprichos de Arriola, Aznar acertó con Ana Pastor. En el Gobierno de Rajoy, Ana Pastor ha sido una eficacísima y entregada ministra de Fomento, y sus obras realizadas y proyectos por cumplir ahí están para demostrarlo. Jamás se ha sospechado ni intuido que un euro caprichoso procedente del dinero de todos haya volado hacia el bolso de la doctora gallega. Rajoy es muy largo, y estimo que la candidatura de Ana Pastor a la presidencia del Congreso, tercera autoridad oficial del Estado Español, tiene dos vertientes. La de la efectividad y la del sosiego. Efectividad porque será sin duda, una amable, cordial, tolerante, inflexible y justa presidenta del Congreso. Y la del sosiego, porque se libera del riesgo de la sustitución. Entre los votantes del PP y del resto de los partidos democráticos –que no lo son todos–, Ana Pastor era la preferida para ocupar el principal despacho de La Moncloa. No obstante, la maniobra ha sido correcta y hasta brillante.

La doctora gallega no busca la popularidad. Siempre fue la primera en llegar al despacho y la última en abandonarlo. Ha apagado fuegos ajenos a su ministerio, y ha puesto las comunicaciones en España en un lugar de privilegio. Sustituyó a otro gallego, Pepiño Blanco, pero no se aprovechó de tan favorable circunstancia. Relevar a Blanco es un chollo. Con no hacer nada se mejora su labor. Pero Ana Pastor renunció a lo fácil y se hizo valer como una administradora del dinero público intolerante con cualquier desvío, y en una ejecutora de las obras públicas tan tesonera como culminante.

Hablar con Ana Pastor no conlleva el esfuerzo que el ciudadano normal y de la calle debe hacer para entender a un político. Ella habla y actúa como una ciudadana de a pie, y explica con claridad y síntesis proyectos y respuestas. Tiene sentido del humor, lo cual no puede extrañar en un gallego. Galicia guarda como un tesoro el humorismo irónico celta, y su literatura y su talento popular son portentosos. Fraga era brusco, pero tenía humor. Blanco era raro, pero tenía humor, como lo tienen Rajoy y Feijóo. Galicia es la cuna de Cela, de Rosalía, de Álvaro Cunqueiro, de José María Castroviejo, de Ángel Fole, y de Darío Villanueva, para ponernos en la España de hoy. No es fácil entender de primeras a un gallego, porque la ironía no está al alcance de todos. Y el gallego es maestro en la ironía, que es la suave perfección del sarcasmo, la superación de la elegancia en los hablares y escrituras. Galicia tiene la bruma, la niebla densa, el prado inmenso, la tierra llana, y su costa macha que parece intentar navegar hacia otros puertos. Pero sobre todo, tiene la ironía en la palabra, la culta y la sencilla, y un gallego que se exprese mal, por limitada que haya sido su formación, es un gallego que merece una especial vigilancia.

Ana Pastor está en el trabajo a destajo, la cordialidad, el buen gusto, el humor y la ironía. Pero también en la aplicación del reglamento y el respeto a la ciudadanía. Tratará a la manada con cordialidad, pero no tolerará las groserías continuas en la sede de la soberanía popular. Eso, como don Julián Besteiro, el antepenúltimo socialista patriota y ejemplar.

Ana Pastor, la doctora Pastor Julián, usando esa terrible expresión elogiosa que hoy se emite con pasmosa naturalidad, es una tía de puta madre. No la he entendido jamás, pero creo que no hay elogio más rotundo y absoluto para quienes lo dicen. En cambio, «un tío de puto padre» suena fatal. Un enigma. En fin, que como español me doy con un canto en los dientes sabiendo que Ana Pastor, la doctora, será la presidenta del batiburrillo. Y lo será –lo escribí ayer–, del Congreso menos dotado intelectualmente de la breve historia de nuestra democracia.

Un reto más que superará con brillantez.