La españolada de Puigdemont

Cine de barrio para proyectar lo que fue la película del día. Mariano Ozores cuando decía «No, hija, no» después de soltar una parrafada ininteligible, que ahí es donde estaba la gracia: un señor al que no se le entendía. Puigdemont ha entrado en el sanedrín de los grandes cómicos de raíz ibérica, ay Mary Santpere, una manera disparatada, tremendamente histriónica, de desenvolverse en el mundo. Si en algo se ha vuelto a los tiempos de Franco es en esta forma a lo Paco Martínez Soria de dejar claro que Spain is diferent, y, por supuesto, Cataluña. Entre «Don erre que erre», «El calzonazos» y «Se armó el belén». El esperpento lo inventó un gallego para que un catalán lo llevara a sus últimas consecuencias, y el surrealismo, un aragonés que ayer hizo sonar los tambores de Calanda en la plaza de San Jaime. Si Puigdemont en vez de flequillo mostrara bigote diríase que cuando exhumaron a Dalí la CIA hizo un trueque de ADN para convertir al president en una performance de relojes blandos: ahora salgo, luego no, después ya veré. La escopeta nacional en estado puro. Berlanga alzándose en una reunión coral gritando a los figurantes de la ANC y Ómnium por dónde tenían que entrar para que la cámara los retratara en toda su ridiculez. Berlanga, al menos, sentía piedad por sus personajes desgraciados. La Historia, sin embargo, es implacable, y no hay héroe que aguante un «reality show» en directo mientras todo el mundo lo mira. Nada hay más hispano que la improvisación para salvarse genialmente en el último minuto o desembocar en chapuza. Termine como termine el espectáculo, Puigdemont se ha consagrado como la marioneta que demasiados hilos querían manejar. En el carnaval de Cádiz se van a poner las botas. De lo sublime a lo ridículo hay un leve purgatorio. Kundera nos enseñó que la esencia del poder totalitario se expresa a través del disparate. He aquí un ejemplo. O un desmentido de la premisa. Porque más que un emperador, Puigdemont resultó ser un mago al que ya no le quedaban más conejos en la chistera. Lo decíamos en esta página: parte del cónclave independentista no quiere que el Estado entre en los camerinos del burdel y los cojan en paños menores descubiertas todas sus vergüenzas, a lo Pajares y Esteso. Y allí estuvieron presionando al hombre solo, para salvar lo que les queda del trasero. Una tragicomedia de la que para nuestro infortunio aún no se ha escrito el final. Pero para cómicas, en la peor de sus acepciones, todas las voces que a las primeras de cambio pedían a mediodía que se anulara el 155, ¡solo con percibir un rumor! Incluso en el fragor de la carcajada inicial ya dejaban a España sin defensa, tanto que dicen quererla. Puigdemont no fue el único que a ratos se mereció que le llamaran traidor.