La fiesta

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La soledad es muy mala, pero las expectativas de llenar espacios aún lo son más. No sé si han tenido la ocasión de conocer a Rubí; no dejen pasar esa oportunidad, no se lo perdonarían. Es una muchacha mexicana a la que recién cumplió 15 años su padre pretendió organizar una fiesta de cumpleaños. Pero la pretensión se quedó en eso, en un propósito que hizo buena la definición de la RAE: «aspiración ambiciosa, desmedida». Desde luego, medir, no midieron a la hora de invitar a todo el mundo que así lo quisiera. No sé qué entenderá la familia de Rubí por intimidad, pero seguro que piensa que el concepto está sobrevalorado. El padre de la criatura no se conformó con cantarle a su retoño las mañanitas sino que prefirió publicarlo en Facebook y monopolizar la programación de los medios de comunicación de todo el mundo. Son las cosas de la globalización, las escasez de noticias o que el personal se aburre mucho y lo de coger un libro ni pensarlo. En las redes, confirmaron la asistencia de más de un millón de personas a las que Rubí no había visto en su vida y dudo que vuelva a intentarlo. Gracias al cielo y a alguna compañía aérea «solo» fueron 15.000 personas a tan señalado evento. Ya saben aquello de Lord Byron: sólo salgo para renovar la necesidad de estar solo. La comparaciones son odiosas y casi siempre están fuera de lugar, pero la quedada mexicana en honor de Rubí –quien no solo tiene nombre de culebrón, sino familia, circunstancias, dramones y fondo de armario para la ocasión– dejó reducida a simple anécdota el grito de Lola Flores en la boda de su hija: «Si me queréis, irse». La quisieron poco. Al personal no se le puede dar ideas porque las coge, y tampoco se le puede tocar las palmas porque enseguida se anima, no sé si porque la gente está muy sola, muy aburrida y con muchas ganas de fiesta. Decía Torrente Ballester que la peor soledad que hay es el darse cuenta de que la gente es idiota. Y, aun a riesgo de quedarme sola, quién soy yo para llevarle la contraria.