La inquina

No soy propensa a glosar la crónica de sucesos, excepto cuando me da por ahí, pero al hilo del asesinato de Isabel Carrasco no puedo resistirme a hacer exégesis de la excusa que la asesina (según parece, confesa) ha esgrimido para justificar su malvado crimen: dice que dio muerte a la interfecta por «inquina personal». Tras leer tal expresión, me he puesto a reflexionar sobre la famosa «inquina», que quiere decir «aversión, mala voluntad». En la RAE no lo tienen claro, pero sospechan que «inquina» pueda provenir del cultismo «inquinar», que significa «manchar, contagiar». Yo me tomo muy en serio el lenguaje que utiliza la gente. Creo que a través de él se dice más de lo que las propias palabras traslucen y los emisores sospechan. En esta ocasión, el uso de la inquina como móvil de un asesinato me ha dejado a cuadros psicodélicos. El caso recuerda al del labrador y la culebra de la fábula de Esopo: una serpiente mordió y mató al hijo de un campesino. En cuanto pudo, el agricultor asestó un hachazo al reptil, pero sólo le cortó la cola. A partir de entonces, ni el bicho ni el hombre pudieron olvidar su contencioso. La culebra porque su herida le recordaba el litigio, el campesino porque había perdido a su vástago. Eso es la inquina: el odio que se siente por quien no se puede desdeñar, porque sólo se detesta al que no se desprecia, como diría Madame D'Arconville. Toda esa hiel que envenena el alma de quien odia, ensucia y contagia, es inquina de la buena, de la que enfanga las entrañas. Aunque quien la siente no suele ser sabedor de que la mancha está en su propia alma: el síntoma de la sospechosa y secreta afinidad –de la que hablaba Hazlitt–, con su víctima.