«La La Land» y la política

La Razón
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Aunque, desde mediados de los 60 –periodo en el que expira su modelo «clásico»–, el musical ha conocido cíclicas reapariciones, lo cierto es que ninguno de estos retornos había planteado una revisitación tan fehaciente de los patrones tradicionales como «La La Land». Y no deja de sorprender. En primer lugar porque si existe un género cinematográfico rechazado por la sensibilidad contemporánea éste no es otro que el del musical; y, en segundo, porque la excepcional tolerancia hacia él solo se produce bajo contextos específicos como pueden ser la actualidad de la música que en él se interpreta, o un carácter de opereta que aumenta la espectacularidad de sus propuestas. Pero en «La La Land» no ha sucedido así: ni la música resultaba conocida ni el despliegue de recursos está a la altura de los excesos de la época. Su éxito obedece a su homenaje al musical clásico de Hollywood; un género que tuvo su apogeo durante tres décadas y en un contexto socio-político marcado consecutivamente por la depresión económica, el auge del fascismo y la Guerra Fría. Estos tres factores se reproducen hoy con sus consabidas variantes. La película de Damien Chazelle aúna además las dos «tonalidades» del musical clásico: la jovial y exultante del dúo Stanley Donen/Gene Kelly; y la más «oscura» del llamado «musical serio», representado por el Frank Sinatra de «Pal Joey» y de «Ellos y ellas». Es decir, de un lado se promueve la evasión contra las decepciones, mientras que de otro se refleja el «espíritu de los tiempos» conducente no precisamente hacia el final feliz. Y lo más importante: no se trata de que la industria haya apostado por «productos vintage», sino que el público ha respondido enfervorecidamente, rescatando del olvido un formato contextualizado socio-políticamente como para que su súbito resurgir constituya una mera casualidad.