La lideresa

La Razón
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Me contó uno de los colaboradores más cercanos a la entonces presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, que en una ocasión le tocó consensuar todas las correcciones que habían hecho el resto de sus colaboradores para un informe final bastante complejo. Tras repasarlas, y comprobar lo dispares que eran, decidió tirarlas, recuperar el texto original y contar a Esperanza lo sucedido. Ésta le dijo que había hecho muy bien y pasó a otro tema.

Si traigo a colación este recuerdo no sólo es para decir que Esperanza vivía rodeada de más aguirristas que la propia Aguirre, sino también para conocer hasta qué punto valoraba la opinión de sus colaboradores. Pero Esperanza Aguirre no era una mujer que pudiera prescindir de la opinión, de la vida, o de las actividades de las personas que le rodeaban. Ha sido presidenta de una Comunidad, una política de raza que también ocupó puestos de relevancia en la vida pública: ministra, presidenta del Senado... Por todo ello sabe que si sus vicepresidentes de entonces están hoy en la cárcel por lo que hicieron también entonces, ya no vale pedir perdón. Ni tampoco llorar. Ni dimitir de unos cargos y no de otros. Ni decir que se va para terminar volviendo. Esperanza tiene que dejar la vida pública por muy honesta que haya sido su actividad personal, o por muy brillante que haya sido su larga trayectoria en la vida pública.

No me creí a Esperanza cuando dijo que se retiraba. Tampoco cuando explicó sus motivos. No la entiendo cuando dice que han traicionado y defraudado su buena fe. Creo que siempre se ha guardado un as en la manga para seguir mandando. Para seguir en el partido rodeada –como hemos visto– de una tropa de mediocres mangantes.

Ha sido toda una etapa en la política, especialmente en la madrileña. Una periodo largo, con momentos –¡cómo no!– de gran brillantez. Pero la Púnica, la Gürtel, el Canal de Isabel II, y veremos cuantas cosas más, exigen un cambio de personas, de modos, de controles, y de aires. Esperanza tiene que marcharse. No debe esperar ni siquiera a que lleguen nuevos datos de los procesos en marcha. Nadie podrá dudar de que ha defendido a los suyos hasta límites que no se merecían. Eso ya ha quedado demostrado. Pero ahora su partido necesita otra cosa. Y España también.