La pérfida Albión

La Razón
La RazónLa Razón

Tengo que reconocer que en medio de esta España que sufre una pavorosa crisis económica gracias al desgobierno de ZP, sus acólitos y sus aliados, no para uno de llevarse sorpresas. Ayer, abrí el correo electrónico y me encontré con un documento en colorines en el que se explicaba que España, en realidad, se encuentra en una situación económica magnífica y que todos nuestros males se deben a los anglosajones empeñados en hablar mal de nosotros. Examinando el documento –y viendo quién lo ha financiado– no me cabe la menor duda de que ha debido costar un dineral, dineral, dicho sea de paso, que se podría haber empleado o en algo más útil o en redactar una pieza de propaganda mejor elaborada. El recurso a culpar de nuestros males a la pérfida Albión –después a los Estados Unidos– cuenta con un largo recorrido en nuestra Historia. Felipe II, monarca nefasto que provocó tres quiebras de la economía nacional, se empeñó en invadir Inglaterra en contra de los consejos de sus mejores militares y con los resultados que todos sabemos, pero, claro está, la culpa del desastre la tuvieron los elementos y la pérfida Albión no su ciego fanatismo. En Trafalgar, nuestra flota fue deshecha por un genial almirante Nelson, pero, por supuesto, la razón fue la pérfida Albión y no nuestra absurda política de alianza con Napoleón que no evitó que España fuera invadida apenas un trienio después. Y así podríamos seguir sumando los ejemplos. Ya se sabe, los anglosajones, a uno y otro lado del Atlántico, no piensan en otra cosa que en nuestra ruina. Tenemos cinco millones de parados y la culpa es de los anglosajones. Sufrimos un sistema autonómico imposible de mantener, pero todo el mundo sabe que fue ideado por los anglosajones. Cataluña representa el treinta por ciento de la deuda de las CC AA, pero el gasto no lo hicieron los nacionalistas sino ingleses disfrazados bajo una barretina. El TC abrió las puertas a Bildu, pero ya se sabe que Pascual Sala nació en Liverpool como los Beatles. Los sindicatos mantienen una rigidez del mercado de trabajo que condena al desempleo a millones de españoles, pero ¿quién ve a Cándido Méndez y no se percata de que es un gentleman londinense? Siendo campeones del mundo en el arte de meter goles, ¿cómo puede alguien dudar de que nuestra economía está bollante? Y digo yo: ¿a qué mente preclara se le ha ocurrido que toda esa sarta de majaderías, que no ha resultado barata, puede convencer a alguien allende nuestras fronteras por muy coloreada que esté?