La tele

No sé si saben que en casa de mi señora madre se guardan escrupulosamente algunas tradiciones durante la Nochebuena. La primera es que ella saca a su única hija algún nuevo defectillo físico. En esta edición 2013 la estrella ha sido mi cuello. «Por qué no vas a que te pongan algún tratamiento para que se te estire. O vete a un gimnasio, que hay como unas poleas que dicen que son mano de santo. El año pasado no lo tenías tan feo. Ponte bufandas gordas o algo». Vamos, que las mujeres jirafa africanas tienen menos presión que servidora. Pasado el trance llega la segunda tradición que se mantiene sin tambalearse en casa de mi señora madre: no se ve el mensaje del Rey. Bueno, vamos a ver, verse se ve, pero no se escucha porque mientras tanto ella saca los defectillos a su única hija o va cambiando de canal compulsivamente. «Bua, qué rollo. ¿Es que no echan otra cosa?». Hay que añadir, además, que mi señora madre a las siete y media tiene ya un hambre negra, así que a las nueve está lista papeles, y a las diez y veinticinco está en la cama. Sola frente al televisor pude comprobar que hay otra tradición que se mantiene sin posibilidad de cambio: la caspa de programación que las cadenas nos ofrecen esa noche. Entre los especiales de cantantes noños y de cantantes incombustibles, los episodios repetidísimos de «Los Simpson», y la gala de Tele 5, le daban ganas a una de llamar para que repitieran en bucle el mensaje del Rey. Así que acabé viendo una peli en la que llueven tiburones del cielo y que son más malos que el sebo. Cualquier cosa menos Paz Padilla, oigan.