Historia

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La trilla

La Razón
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Estos días de finales de julio, antes de la llegada de las máquinas, la vida del pueblo se hacía en las eras, esos espacios empedrados y verdes, en bancales separados por paredes de piedra, que rodeaban el pueblo como una hoz, bordeados por el ejido. Era el tiempo de la trilla. Y era digno de verse, en un día ardiente, en el que la mies clascaba fácilmente, el espectáculo de las parvas tendidas y las yuntas arrastrando el trillo y dando vueltas y vueltas sin parar hasta que el grano se desprendía de las espigas y las cañas quedaban trituradas, convertidas en paja. Un alegre bullicio se extendía por todas partes y nubes de tamo impregnaban el aire. Cualquier viajero desprevenido concluiría que aquel armónico ajetreo, aquella simultánea danza de los trillos, el difícil equilibrio de los que los conducíamos, el variado vocerío arreando las yuntas y hasta el chasquido de los látigos formaban parte de un pintoresco espectáculo, de gran plasticidad y belleza, que bien podría llamarse «la fiesta del verano».

Esta culminación del año agrícola incluía varios ritos: tender la parva, quitando los vencejos de los fajos y esparciendo las manadas, trillarla, recogerla, amontonarla, aventarla y cerner el grano. Los fajos provenían de las hacinas, torre de mies que encabezaba la era y cuya altura indicaba si había sido buen año o no. En la trilla se echaba el día con un descanso para comer. Periódicamente había que dar vueltas a la parva, primero con horcas de madera y después con palas, también de madera, cuando la molienda avanzaba. La yunta arrastraba el trillo, unido con la bríncula a los tarrollos que rodeaban con un collar de campanillas los cuellos de los animales. Aquellos viejos trillos artesanos, con sierras y sílices cortantes, son hoy objetos de culto como residuos de un tiempo pasado que no volverá.

Observará el lector que, en la descripción de esta fundamental tarea agrícola, me he recreado en el nombre de las cosas. Lo he hecho porque no pocos de sus términos –trillar, hacinar, cribar...– se siguen usando hoy en la ciudad sin conocer su procedencia. Todo un rico lenguaje originario del mundo rural que ha servido de soporte a toda la literatura clásica está a punto de perderse. Las eras abandonadas son la mejor prueba del final de una época.