La vergüenza

Buena parte de nuestros diputados, afectados por un síndrome de Estocolmo que les llevará al desastre, raptados por las medias verdades de los que argumentan que hay que acabar con los políticos como con los toros, por esos que desayunan en el Ritz y que no han necesitado birlar carteras porque ya les habían robado la identidad y la iniciativa, buena parte de nuestros diputados, digo, quieren tapar sus vergüenzas con la ropa interior de los otros, de Don Juan Carlos por ejemplo, para aparentar una forzada sintonía con los que de seguir así les echarán a patadas por la puerta de los leones, como en los grandes momentos. Han tomado la decisión de suicidarse en masa, como hacen los seguidores de una secta a la llamada esquizoide de su gurú, y ellos mismos se restan legitimidad y honra, trastabillean los que tienen un plan de pensiones en una Sicav que parece que eso suponga que un millón de niños se queden sin comer cuando es dinero legal del Parlamento Europeo. Les delata el miedo y optan por explicar hasta lo que no lo necesita enredados en su propia trampa populista de la que ahora no saben cómo salir. Han hecho una perversa manipulación del sufrimiento de la gente, han claudicado del sentido del Estado, confunden a media España con su posición ante los nacionalismos, racanean al Rey padre lo que la Historia ya le ha otorgado. Es triste comprobar que al cabo son ellos los que quieren salvarse de la quema aliándose con los que preparan la pira. Si piensan los Madina y los Sánchez que ese es el camino es que la epidemia está fuera de control.