Las calles son del César

La Razón
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Advertencia previa. La autoría de las líneas que van a leer a continuación no corresponde a ningún comecuras poseso por un arrebato de anticlericalismo rabioso, ni siquiera a un concejal de Podemos que, en El Puerto de Santa María o en cualquier otra localidad, transita de la gamberrada a la blasfemia institucional al oficiar una boda civil disfrazado de sacerdote y con una bufanda del Barça en lugar de la litúrgica estola. «Después de un día intenso de currar, lunes, intento entrar en mi casa y... ¡Tachán! No puedo, porque todas las calles están cortadas. Y los agentes de policía, que son unos mandados, me recomiendan que dé vueltas con el coche (llevo ya dos horas) o que aparque por ahí. ‘Usted, a su casa, no puede entrar ahora. Es que hay un Vía Crucis’. Ni siquiera me dejan pasar cuando explico que vivo a veinte metros, que tengo a dos peques esperándome y que he salido de mi casa a las siete de la mañana. ¿Es lícito que la religiosidad popular atasque una ciudad a 6 de marzo? ¿No está muy lejos todavía el Domingo de Ramos?» Son las preguntas lanzadas al aire por una madre de familia nada renuente a la Semana Santa, al contrario, que saca a su prole a contemplar las cofradías y que devora torrijas como si fueran gratis. Pero, antes que esos munícipes cafres que proliferan por Andalucía lo hagan por las bravas y por puro rencor provocativo, las propias hermandades deberían redimensionar sus actos públicos de fe limitando su injerencia en la vida civil. Archidiócesis como la de Sevilla, gracias a la titánica labor de Monseñor Asenjo, intentan embridar la furia procesional de sus feligreses mediante una pedagogía ardua pero imprescindible que se podría resumir en el apotegma «más vida cristiana y menos figuroneo». Se merece la mejor de las suertes.