Las voces de los ecos

A más de doce mil kilómetros de distancia de la vorágine política española, resulta más fácil distinguir las voces de los ecos. Hasta Hong Kong llegan los ecos del comité federal del PSOE, en el que Alfredo Pérez Rubalcaba vuelve a hablar de acercar su discurso a los ciudadanos, como si éstos no tuvieran memoria. De la manifestación del fin de semana en Bilbao, a favor de los presos de ETA, y la más que razonable indignación de las víctimas del terrorismo, que ven cómo, poco a poco, la memoria desaparece, abriendo paso a un proceso de olvido y, lo que es mucho peor, de borrón y cuenta nueva como si los casi mil asesinados de la banda nunca hubieran existido.

Y mientras los ecos no dejan de martillear en mi cabeza, las voces que escucho son las de una sociedad volcada en el crecimiento y el progreso económico. Una sociedad muy competitiva y alejada por completo del mundo de las subvenciones y los privilegios de quienes confunden el Estado del Bienestar con su bienestar a costa del Estado. Sin duda las injusticias que se producen aquí son inmensas, pero no es menos cierto que quien quiere trabajar puede hacerlo. Es otro concepto muy distinto al nuestro, ya que el papá Estado no existe, con sus inconvenientes, pero también con sus ventajas, y es el ciudadano el que se busca la vida. El contraste es gigantesco, y uno encuentra unas diferencias abismales con nuestra forma de entender la vida.

En este rincón de Extremo Oriente, centro financiero de Asia-Pacífico, espero la llegada al mundo de mi primer nieto.

Es muy posible que cuando usted lea estas líneas, estimado lector de LA RAZÓN, ese acontecimiento clave en mi vida ya se haya producido. En ese momento olvidaré los ecos y sólo me interesará esa nueva voz.