Liberalismo progresista

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Fue Joaquín Costa, nuestro nacionalista apocalíptico, quien inventó la palabra neoliberal. Costa se refería, como mostró Ángel Rivero, a aquel nuevo liberalismo que hacía furor a principios del siglo XX, cuando los regímenes liberales se tambaleaban bajo la ola democratizadora y el socialismo lo inundó todo. El liberalismo quedó desprestigiado hasta noventa años después, con la caída del Muro de Berlín. Entonces los que nunca habían sido liberales (no los ex liberales, como un siglo antes) lo rebautizaron como «neoliberalismo»: una ideología al servicio del capitalismo más desalmado... Algo sorprendente viniendo de quienes seguían defendiendo el socialismo.

Ahora estamos en otra fase de la larga historia liberal. Es la del «neo neoliberalismo», o nuevo neo liberalismo, que en Europa se presenta como «liberalismo progresista» y en Estados Unidos no necesita más nombre que el original («liberal», pronunciado a la inglesa). Este «neo neoliberalismo», tal como lo ha definido recientemente un dirigente de Ciudadanos, resulta atractivo: a favor de la globalización y de las sociedades abiertas, reformista, ajeno o contrario al populismo, a favor del mercado, la transparencia, la igualdad de oportunidades y en contra de los privilegios... Una opinión mínimamente ilustrada encuentra poco que oponer a una propuesta como esta. El problema, más que de ideología, es de posición. En nuestro país, este «neo neoliberalismo» es compatible con el Partido Popular, que de hecho lo hizo suyo hace ya treinta años, cuando se le criticaba por «neoliberal», con lo que la etiqueta de «conservador» que se le quiere colocar ahora desde el «neo neoliberalismo» resulta igual de sorprendente que la de los 90. La distinción viene de otro sitio, de la cuestión de la corrupción presentada bajo la consigna, peligrosa, de regeneración: peligrosa sobre todo para sus promotores porque el término requiere mantener el hermoso impulso de la juventud y la novedad. Lo malo es que la juventud pasa, la novedad deja de serlo y la regeneración acaba por formar parte de aquello mismo que quería regenerar. En Francia, el liberalismo progresista encarnado por Macron, ha tenido éxito por el hundimiento de los partidos tradicionales. En nuestro país eso no ha ocurrido. El horizonte se presenta más problemático y deja como único rasgo distintivo algo que los neoliberales progresistas deberían ser capaces de superar: el narcisismo.