Libre de odio

La Razón
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No fue un sacerdote mediático, como se dice ahora. Fue un padre espiritual desde la humildad y el anonimato. Ha muerto. No es noticia que un sacerdote muera con noventa y tres años. Nació en Madrid en 1924, y se llamaba Alfonso Muñoz Bernal. Los primeros pasos de mi artículo, hay que reconocerlo, no son excesivamente interesantes. Pero hagan un esfuerzo y sigan conmigo, por favor.

En 1950 fue ordenado sacerdote. Párroco durante decenios en la antesierra y la sierra de Madrid. Pedrezuela, Bustarviejo y Cercedilla. Incansable. Convirtió en amor el odio de quienes tanto le hicieron sufrir de niño. En su casa de Madrid salvaron la vida durante la barbarie republicana más de veinte religiosos, entre ellos diecisiete Hijas de la Caridad.

Con doce años se ven las cosas diferentes. El padre Alfonso Muñoz Bernal, como todos los hijos de las familias cristianas estructuradas y firmes, se guiaba por los consejos y el ejemplo de sus padres. Era el más pequeño de la familia. Sus padres habían preparado con ilusión la celebración de sus Bodas de Plata. El mismo día en el que se cumplían veinticinco años de su matrimonio, unos golpes en la puerta alteraron la felicidad del momento. Una visita inoportuna y desagradable. Cinco milicianos malencarados y sucios que no estaban invitados a la fiesta. Se dirigió el jefe de los canallas a don Alfonso Muñoz Tejada, el padre de nuestro sacerdote, de aquel niño de doce años que temblaba de terror. –Queda detenido en nombre de la República-. Don Alfonso Muñoz Tejada preguntó al forajido por el motivo de su detención. –¿No es usted católico practicante? ¿No le parece suficiente motivo? Acompáñenos-.

Y los cinco milicianos «demócratas» se llevaron maniatado a un hombre bueno cuyo gran delito era su religiosidad. El niño de doce años supo que jamás volvería a ver a su padre, a su guía y su maestro, y lloró con amargura, pero como reconoció durante toda su vida, «en mis lágrimas no había odio, sino incomprensión y tristeza».

Terminada la Guerra Civil, fueron informados. Efectivamente, don Alfonso Muñoz Tejada había sido asesinado. No tuvo la suerte de los mártires de Paracuellos, Ajalvir, Alcalá, o de aquellos que fueron fusilados en las tapias de los cementerios madrileños. Su final fue aún más terrible. Llevaron al detenido a un esquinazo del Retiro, en concreto a la Casa de Fieras, el zoo urbano de Madrid. Y tuvieron la divertida idea de ofrecérselo a los leones. Uno de los guardas del parque les facilitó las llaves de la portezuela trasera de la jaula, y con las manos atadas por la espalda, por ella introdujeron a don Alfonso. Lo empujaron y cerraron la puerta con precipitación, porque eran muy valientes los asesinos comunistas.

Los leones de la Casa de Fieras, que por otra parte no estaban bien alimentados, devoraron al inocente en pocos minutos. Los milicianos se divirtieron mucho con el espectáculo. Alfonso Muñoz Bernal tenía quince años al terminar la Guerra Civil. Terminó sus estudios, ingresó en el Seminario, y prometió liberarse de la rabia y el odio. No del dolor, que le acompañó hasta el último día de su vida, recientemente apagada.

Su pasión, la Eucaristía. Superada su época feliz de párroco serrano, el Arzobispo de Madrid le encargó la misión de formar a los seminaristas mayores en su labor pastoral. Un humilde párroco que formó a casi una decena de obispos durante sus años de profesor en el Seminario. Era madrileño. Ahora que la llamada Memoria Histórica impone su venganza en el callejero de Madrid, justo sería que una calle llevara el nombre del hombre que se liberó del odio y se abrazó al amor. El hijo del hombre bueno devorado por los leones ante los nerones sanguinarios de la Segunda República.