Reyes Monforte

Lo hiperbólico

La Razón
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«Sabed que a mi lo hiperbólico no me resulta simpático». No me puede gustar más esa frase en la voz de Fernando Fernán Gómez y en la letra magistral de Pedro Muñoz Seca en «La venganza de Don Mendo». Sí, Muñoz Seca, a quien la ignorancia de unos pocos propuso apear del callejero capitalino. Pero cómo culparles, la ignorancia es la dicha, como predijo el poeta inglés Thomas Gray.

«Siempre fuisteis enigmático y epigramático y ático y gramático y simbólico, y aunque os escucho flemático, sabed que a mí lo hiperbólico no me resulta simpático». La tengo grabada en mi memoria y últimamente la rescato mucho. La última vez, la noche de los Goya, cuando los políticos de turno se esforzaron en hablar de cultura. Y lo hicieron todos: el que dijo que Machado había nacido en Soria, el que aseguró seguir a Kant como aquella modelo patria que seguía a Vargas Llosa pero no le leía, o el que aseguró no haber olvidado nunca una cita de Cervantes que le había guiado toda su vida, pero necesitó leerla para recordarla: «A cualquier mal, buen ánimo repara». Como dijo Robert Louis Stevenson, autor de «El extraño caso de Dr Jekyll y Mr. Hyde», «mi memoria es magnífica para olvidar».

La cultura y la política nunca han casado bien en un país donde una ex ministra de Cultura asegura leer a la escritora Sara Mago. Se les hace bola como al resto tanta política donde no toca. Cultura somos todos, pero unos lo son más que otros. Estamos en Carnaval, eran los Goya. Puro teatro y poca poesía, que este año no tocaba. Que se lo digan a «La novia», inspirada en Lorca, que se fue como llegó: yerma. Y no fue lo único baldío de una noche donde Mariano Ozores, Goya de Honor, les dio mil vueltas a todos y no sólo en el calendario. Curioso: el único de todos, invitados y premiados, que nombró al público y no para recordarnos lo que queremos, sino lo que debe al respetable. Eso sí que es nuevo, eso sí que es cultura y educación. Seguro que a Ozores lo hiperbólico tampoco le resulta simpático.