Loca, mala y romántica

El mayor ridículo al que puede someterse un alto mandatario político es que tenga que declarar y cuantificar públicamente su bondad, su honradez y limpieza moral. Por suerte, los artistas estamos eximidos de probar nuestra decencia y rectitud moral. ¿Quién le ha pedido a Shakespeare, a Marlowe, a Lope de Vega, a Caravaggio, a Goya o a Picasso un certificado de buena conducta para gustar sin escrúpulos de sus obras maestras? Yo me acojo a este gran privilegio, como Valle Inclán –mi gran maestro– dejó de ser carlista para sentirse poco menos que marxista, siguiendo su momentánea inspiración. Tanto sus guerras carlistas como sus esperpentos comparten las mismas virtudes de gran literatura poética. Nadie decide el clima en que nacemos ni cuál puede ser nuestra educación. Yo nací y me eduqué fatalmente como maldito por don Marcelino Menéndez Pelayo, por ser educado en la heterodoxia más radical. Mi abuelo paterno, rico banquero, era hijo de un presbítero de reconocido valor como humanista, latinista, helenista y afamado predicador. Pero su reacción fue volverse un liberal republicano, con amistades íntimas como la del doctor Esquerdo –fundador del partido republicano–, Pablo Iglesias o el historiador Miguel Morayta, gran maestre de la masonería; por lo cual, supongo que mi abuelo banquero también fuera masón, como era de rigor en su tiempo. Masón y judío, como descendiente de conversos. ¿Qué culpa tengo yo?

Pero tanta libertad me permitía ser poéticamente monárquico. Son impresiones infantiles que no se borran. Con cinco años, me llevaba mi padre a ver el relevo de la guardia en la Plaza de la Armería al atardecer, y recordaba mi entusiasmo viendo aparecer al jovencísimo Príncipe de Asturias, saludando militarmente desde el balcón de palacio. Y aquel clima, melancólico y grandioso, aquel cielo opalino y morado sobre el Campo del Moro y el Guadarrama, crespo y lejano. También recordaba la proclamación de la República y cómo, al día siguiente, fuimos a visitar a mis tías-abuelas Teresa y Josefa, y las encontramos llorando y rezando el rosario por nuestros reyes exiliados, ya camino de Francia. Contaminado por su dolor, yo también lloré y recordé al príncipe niño, saludando desde el balcón. Mis padres me consolaron, sonrientes: - «No temas por tu príncipe, que ya está a salvo y nada malo le va a pasar». Aquella pueril afección no incidió para nada en mi heterodoxia de fondo. Morayta regaló a mi abuelo una fastuosa edición de su Historia General de España, en la que me enteré desde muy chico que la España oficial era mentira, a cien codos de lo que nos enseñaban en las escuelas. Una completa desmitificación. Los heterodoxos españoles me parecieron una banda de tíos estupendos, rebeldes y lúcidos, que me convirtieron en un español de la cáscara amarga, pero muy español al fin y al cabo. Me sentía orgulloso de que España hubiera sido un imperio terrible, tan lleno de heroísmo como de hogueras inquisitoriales, un imperio desaforado y romántico, fastuoso y miserable a la vez. Yo presumía en el extranjero de tener aquella mala fama tópica y romántica y sentía no poder llevar capa y chambergo para darme pisto y merecer algún cartel de Toulouse Lautrec. Mi admirado maestro, Don Ramón de las barbas de chivo, se definió como feo, católico y sentimental, yo me defino como loco, malo y romántico; tal que un íbero de lo más consciente de su singularidad. Me siento muy a gusto, bajo mi condición temible y respetable, de ser un maldito español, amante y seguidor de otros respetables malditos, condenados por el neocatólico de Menéndez Pelayo, españoles lúcidos y doloridos, tan brillantes y tan atractivos como Blanco White, por ejemplo. Pero, eso sí, con una diferencia esencial: el alto valor estético y romántico que le atribuyo a nuestra historia y a nuestra cultura, nimbada de tinieblas y de relámpagos geniales. Me siento un turista de las emociones más opuestas. Viviendo en París, y en estrecho contacto con las vanguardias de mi siglo, sentía no poder comprarme una casona en Santillana del Mar y vivir entre inocentes y supersticiosos pueblerinos, hacerme amigo del cura, del alcalde y el boticario, asistir a sus tertulias alucinadas y disparatadamente católicas y nacionalistas, dándoles toda la razón, pero escribiendo a escondidas parodias terribles que en otro tiempo me hubieran llevado a la hoguera. Y gozando también del miedo de ser español, del miedo morisco, judío y heterodoxo de mis antepasados. Mas con una diferencia: a salvo ya, como laureado artista y académico que se declara loco, malo y romántico, sin detrimento de su obra ni de su posible valor objetivo. ¡España, yo te quiero por loca, por mala y por romántica!