Los cánticos de Tebas

El presidente de la Liga de Fútbol Profesional, Javier Tebas, es como un okapi, que no se sabe si es cebra o jirafa. Y parcial. Ahora pretende resolver el problema de la violencia en las gradas de los estadios prohibiendo cánticos insultantes. En una sociedad en la que el Tribunal Supremo ha amparado como expresión inmersa en la libertad de opinión llamar al Rey «hijoputa», es complicado pretender que los futbolistas sean objeto de una protección que al Rey se le niega.

Además, el señor Tebas parece desconocer que en España los insultos con voces malsonantes tienen, como las monedas, un haz y un envés. La misma expresión puede determinar desprecio o elogio. «Qué malo eres hijoputa» es insulto cuando el receptor del cántico es un tuercebotas. Si esa misma cantinela se entona después de que Cristiano Ronaldo haya conseguido un gol apoteósico, el «qué malo» entra en la ironía y el «hijoputa» en la admiración. El buenismo obliga a prohibir el calificativo de «negro» a los negros. Si alguien comenta en un estadio «Qué bien juega ese negro cabrón», comete grave delito racista. Si dice «qué bien juega ese cabrón subsahariano», Tebas pierde todas sus oportunidades de sancionar. Caminamos hacia la cursilería. Se prohíbe y castiga el desahogo de la pasión. Se sanciona «enano», pero se admite «bajito». «Ese futbolista enano ha marcado con la mano», será motivo de inmediata detención. «El futbolista bajito, marcó el gol con un dedito», no merece reprimenda alguna ni azotes en plaza pública. «Cabronazo de árbitro» es expresión querellable; «cornudo trencilla» pasa desapercibida.

Cuando he oído en Madrid el «Puta Cataluña» me he sentido profundamente molesto. El «Puta España» proferido por energúmenos del «Barça» me ha entristecido mucho más. No tolero la ingratitud del hijo que insulta a su madre, y más aún, al que por insultar a su madre se define a sí mismo como «hijo de puta». Estoy de acuerdo en que también la violencia está en las palabras, pero hay que distinguir entre el insulto general y el dirigido en un momento de eventual calentura a un defensa que acaba de romperle la pierna a un adversario. Soy madridista hasta el pancreas, y más allá del páncreas, y hasta el alma y más allá del alma, pero si un futbolista del Real Madrid le arrea un codazo innecesario y brutal a otro del equipo contrario, le afeo su proceder con la misma indignación que si se tratara al revés. A un futbolista que hace una tontería hay que decirle que es tonto. A uno que simula una falta que no existe, hay que llamarle de todo siempre que ese todo se pierda en el aire en dos segundos. A un árbitro que señala un penalti que no es o no señala uno que sí es, se le puede gritar y pitar y abuchear sin que ello sea motivo de interpretación delictiva. De acuerdo que San Francisco de Asís, de asistir a un partido de fútbol y ante un robo arbitral, diría «el hermano colegiado ha cometido un error y debe ser objeto de nuestra misericordia», pero si el espectador no es San Francisco de Asís está perfectamente autorizado por la moral y las buenas costumbres a llamarlo «puto estafador» o «comprado» en ese segundo maldito de la frustración.

Me había invitado Ramón Mendoza al palco en un Real Madrid-Atlético. A mi lado se sentó un prestigioso médico, gloria de nuestra Medicina, tranquilo, pausado, dialogante y ejemplar. Butragueño recibió el balón de Michel, regateó a un defensa, dejó clavado al segundo y el tercero a punto estuvo de romperlo en dos con una entrada escalofriante. El pausado doctor se incorporó sulfurado de su asiento y gritó: «¡Hay que matarte, asesino hijoputa!». A los dos minutos el doctor volvió a su ser y se mantuvo tranquilo durante el resto del partido. Hoy estaría en la cárcel. A no ser que hubiera gritado «¡ Debes fallecer, homicida de incógnito padre!», que es lo que desea Tebas que gritemos ante la acción de un hijoputa de tomo y lomo.

Sin pasión y libertad de expresión no existiría el fútbol. De ahí que lo vea y siga desde mi casa. Ninguno de los míos me va a denunciar y detener por llamar «zanahorio» a un pelirrojo, calvo a un calvo, negro a un negro, enano a un bajito, guarro a un guarro, petardo a un petardo y estafador a un árbitro que no señale un penalti –con o sin razón–, a favor del Real Madrid. En resumen, la parcialidad, que es lo que nos hace vivir el fútbol.