Luz de Navidad

La noche del 17 de diciembre de 1603, el astrónomo Kepler se hallaba sentado en el Hrasdchin de Praga observando los cielos. Su mirada fue captada por la conjunción de dos planetas –Saturno y Júpiter– que se producía en la constelación de los Peces. Fue entonces cuando dio con un escrito del rabino Abarbanel en el que se afirmaba que el nacimiento del Mesías debía producirse precisamente en esas circunstancias cósmicas. Dado que era cristiano, Kepler no pudo dejar de preguntarse si la venida de Jesús al mundo habría tenido lugar en una fecha en que se hubiera producido un fenómeno similar y, realizando sus cálculos astronómicos, descubrió que una conjunción semejante había tenido lugar en el 6-7 a. de C. Esa fecha encajaba a la perfección con los datos sobre el nacimiento de Jesús proporcionados por el Evangelio de Mateo ya que en este texto –el primero del Nuevo Testamento– se afirmaba que María lo había dado a luz durante el reinado de Herodes el Grande, un monarca que falleció el 4 a. de C.. Estamos a unas horas del día de Navidad y me parece oportuno recordarlo no por cuenta de unos grandes almacenes, ni para incitarlos al consumo sino porque esa fecha conmemora el nacimiento de una luz muy superior a la de la conjunción estudiada por Kepler. Dejando aparte aportes culturales, artísticos y sociales del cristianismo, lo cierto es que sin la luz de Jesús millones de personas no habrían sabido a lo largo de estos dos milenios lo que es la paz de corazón ni conocido la esperanza en medio de las dificultades ni disfrutado la confianza serena en la vida tras la muerte ni experimentado el gozo del perdón que deriva sólo del abrazo gratuito de Dios. Jesús ha sido ciertamente la luz que lo ha hecho posible para millones de seres humanos. En no pocos aspectos, estamos ahora igual que en los tiempos de Herodes. Ciertamente, los más desfavorecidos soportan el despotismo de los grandes y la crisis económica no es padecida por los privilegiados que se benefician de unos impuestos asfixiantes e injustos. Sin embargo, la paz, la esperanza, la confianza, el perdón, todo eso –y más– a día de hoy se hallan a disposición de aquellos que abren sus corazones a Jesús. Alegrémonos aunque parezca que no hay motivos y demos gracias a Dios porque hace más de dos mil años nació Jesús y su luz sigue iluminando a un mundo sumido en las peores negruras.